Hay personas a las que no puedes evitar querer. Por difícil que se haga a veces y por mucho que te compliquen la vida siempre serán parte de ti. Y si fallan sus piernas has de prestarle las tuyas, como también al esfumarse tus ganas otro apareció para regalártelas. Porque cuando olvides quien eres alguien vendrá que te contará como llegar a casa; porque, aunque la mayoría de las veces nos amamos sin correspondernos, siempre merece la pena tropezar.
No puedes elegir por quien te preocupas, sólo fiarte de aquellas manos que exigen abrazos, de esos ojos que buscan tu mano, del ojo que siempre te besó en los labios. Has de traducir esa sonrisa, que esbozas a solas, en gestos no plastificados para cuando estés frente a frente. Dejarte ir, dejarte siempre llevar, aun sin saber cuando la corriente es marea y cuando torrente que te empuja a la mar.
Nunca se sabe; no puedes escoger a quien se te mete tan hondo que se pierde en tu cuerpo. Aunque lo intentes, siempre habrá polizones, cayucos, pateras, espaldas mojadas que contra toda lógica burlarán las defensas.
Ahí afuera hay mucha gente; aquí adentro, algunas personas.
Antes me obsesionaba con facilidad. Podía pasarme semanas pensando qué había en mí o qué faltaba, qué cosa podía ser esa tan imprescindible y de la que yo carecía. Hacía malabares con los kilos, las modas y los gestos. Cambiaba de peinado y me mordía la lengua por cualquiera. Deseaba ser lo que otros querían que fuese.
Hoy eso ya no importa, porque podría hipnotizar a cualquiera con el solo bamboleo de este cuerpo plagado de zonas a eliminar, de curvas y rectas que los cirujanos estarían dispuestos a cortar, aspirar o estirar sin dudar demasiado. Deslumbro gracias a que no estoy bronceada al estilo actual y me permito llorar porque no hay un maquillaje al borde del desastre.
Ahora que ya no es antes, que por fin me he encontrado en los posos del café, que me completo y me desbordo, me puedo reír sin miedos. Es la perfección esa trampa para niñas buenas, esa producción en serie de objetos decorativos insulsos que despiertan ovaciones y levantan muros translúcidos.
Soy tan defectuosa, tan llena de matices y marcas, de pelos que no he sabido depilar, uñas desconchadas y pies doloridos de tanto deambular que podría encandilar a cualquiera. Además sudo y a veces me duermo en el cine. Otras me sienta mal la comida y me paso el día yendo y viniendo del baño. No es lo políticamente correcto, pero es de verdad. Hablo un inglés terrorífico y aunque guardo de todo en el bolso que nadie espere que tenga tiritas. Me pongo insoportable con dos vinos, lloro con el más mínimo atisbo de humo en el ambiente y conduzco de milagro. He robado en alguna tienda, uso palillos y después del primer trago de cocacola eructo o reviento.
En definitiva: llena de pegas y pecas, de fallos y callos, de errores y horrores. Completamente desparejada y con un pensamiento peregrino, dueña de una voz perezosa y unas piernas que nacieron siendo torpes y feas. Tan imperfecta como cualquiera; única en mis defectos.
Sólo ahora, cuando me asomo a este paisaje de aleros y chimeneas corroídas, me doy cuenta de que no se puede empezar una casa por las ventanas de la rutina o las tardes de ver las nubes pasar. Se hizo ya muy tarde para los cimientos enconfrados y demasiado pronto para tiestos en que florezcan amores.
Sólo aquí, desde mi atalaya de antenas y cables al viento, descubro que la indiferencia crece en los patios de luces que huelen a pescado frito y discusiones histéricas por el zapeo emocional a la hora de la cena.
Sólo así, incómoda y harta de tanta teja suicida contenida por piedras, tonteo con la idea del funambulismo entre dos aguas y aquel cielo prometedor, con ese tobogán de la cuesta abajo sin fin y el salto al vacío que me llevará a los cubos de basura del callejón.
Sólo yo, esa que centrifuga sus ideas antes de colgarlas al sol de un tendedero sin pinzas, me siento en este tejado construído sobre un solar vacío y gasto las tardes acariciando el lomo a ese gato callejero que lleva tu nombre.
O sea resumiendo, estoy jodido y radiante quizá más lo primero que lo segundo y también viceversa.
Mario Benedetti. Viceversa.
Ha vuelto la marejada, el barco a la deriva y aquella urgente necesidad de ver un faro en el que clavar mis ojos. Sin embargo no pasa nada. Jodida y radiante, es curioso, bien pero mal, mal pero bien. En realidad, perfectamente.
Intento desencadenar ciertas reacciones, bombardearte con iones que rompan este maldito equilibrio, este mar callado y la ausencia en mi orilla de tu oleaje. Quizás podría encaramarme a la luna para zarandearla y así obligar a que suba tu marea hasta mi boca; o atravesando esta playa cada vez más llena de arena, llegue al fin a la humedad salada de tus dedos.
Tendría que entender el significado de los silencios, lo que quieres decir cuando no dices nada y desvías la vista; debería comprender que la deriva de los continentes nos ha separado, pero pienso a veces que hay formas de arreglar lo que se ha roto, que las grietas podrían ser futuras cicatrices y las distancias sólo un espejismo transitorio debido a la deshidratación y el sol del verano.
Aun sabiendo que desandar caminos ya borrados es complicado, propongo acciones que aplaquen esta desertización que instala abismos de dunas entre nosotros. Lo que me ocurre es lo de siempre, esa incomprensión y extrañeza, la búsqueda de respuestas y abrazos sinceros; lo que sucede es que comienzo a entender que no puedo guardar el océano en un cubo de plástico.
Siempre pierdo cosas dentro de casa, como les pasa a esos ancianos seniles que se pasan el día buscando unas gafas que en realidad ya llevan puestas. Estoy descentrada, más que nada porque agoto mis fuerzas en mantener a raya todas las cosas que no deben escapárseme por la boca, aunque a veces lo estén deseando. Hablar conmigo ahora es como tratar de hacerlo con alguien que esté contando cuántas lentejas caben en una taza o calcule una división con decimales sin usar ni papel ni boli.
Estoy a otra cosa, permanentemente en otro sitio, sea donde sea que me encuentre. Relleno los días como quien mete trapos viejos dentro de un cojín hasta llenarlo, al principio ahuecando y después al contrario, apretándolos para conseguir que entren todos en el mismo espacio.
Sin horarios no soy nada. Tampoco lo soy sin rotuladores, o sin planes quinquenales que cumplir. Un simple pasar de hojas, una ráfaga de trenes que se cruzan, historias que se escapan usando la papelera como salvoconducto.
El día que inventen una píldora para evitar que la mente levante vuelo que me avisen, porque estoy perdiendo ideas, cosas, personas, planes, deseos, cuentos... sin darme cuenta.
por ahora poco más que un rompecabezas en proceso de construcción y reconstrucción continua. Aún no he escogido mi decoración definitiva... en fase de pruebas estoy PD: se agradecen los comentarios, asi que ya sabeis...