leche con galletas
Dos tramos de escaleras, a docena por tramo, hacen un total de veinticuatro escalones de distancia entre nosotros. Eso, por supuesto, sin contar el peldaño de la entrada en que tu madre plantaba la maceta del geranio blanco todos los años por estas fechas.
Algo que me fascinaba era eso de que tu puerta diese directamente a la cocina, sin un recibidor de por medio. Y allí, los vasos blancos con tropezones de colacao flotando y las galletas maría expuestas en un plato como si fuesen delicadas pastas danesas. La cena para los dos. Cogíamos en una mano el vaso y en la otra aprisionábamos una columna de galletas redondas. Después, corríamos de habitación en habitación, porque en esa casa no había un pasillo, y tras el salón, comedor y dormitorio principal, llegábamos al mar.
En realidad era una terraza ganada a las rocas de la costa, y desde ella, si evitabas mirar hacia abajo y olvidabas el olor a fritos de los chiringuitos de chipirones y gambas, sólo verías el Atlántico tragándose al Sol cada noche.
Comíamos los dos en silencio y sólo se oían los crujidos a ritmo de nuestras mandíbulas y el sorber de quien quiere aprovechar todos los grumos chocolateados, verdadero secreto del éxito del colacao. Hablábamos poco, quizás porque yo estaba demasiado ocupada asimilando el concepto de horizonte, cosa que para una niña de cinco años es tarea compleja.
A veces me hacías un gesto señalando a un par de gaviotas que se peleaban en vuelo o algún barco que volvía al muelle antes de tiempo y yo me quedaba con la boca entreabierta y los ojos entornados mirando a lo lejos, en busca de eso que tú me descubrías pero que no encontraba.
Lo mejor de ser nosotros entonces es que no veíamos lo mismo que el resto; lo malo, que no me daba cuenta de lo que andaba mal en ti y de porque los demás niños de la barriada del puerto no querían ser nuestros amigos. Después ya sí, pero eso fue en tu cumpleaños, cuando vi que soplabas 27 velas y pensé que quizá eras demasiado grande hasta para ser un chico.





Flanagan dijo
Estoy seguro de que tu corazón también es un órgano demasiado grande. Digno de verse.
No puedo imaginar una vida sin leche con galletas. Si lo intento, me cortocircuito. ¡¡Inconcebible!!
Muchos besos.
3 Junio 2009 | 12:09 PM