congelación
Tengo frío. Mis dedos helados y torpes no me permiten hacer casi nada por las mañanas. Estoy harta de estas piernas depiladas que sólo visten calcetines de lana y de todas las dietas hipocalóricas que desaconsejan endulzarse el desayuno pero me obligan a amargarme las meriendas. Todas menos una, esa prometida en la que deberías aparecer tú para invitarme a un festival de risas y deseos, tú que no vienes por ningún sitio, sol solecito, que te escondes y me mareas haciéndome girar, retorcida y doblada en mil direcciones a la vez para poder llegar a aquel punto inexistente en el cual, con suerte, quizás, te apiadarás y me regalarás tu calor por un instante. Sólo uno.
Mientras, me pierdo en la nevera de este congelador que es mi alma, y me lo recorro descalza y sin medias, paseando por entre las bandejas de poliespán que conservan mis carnes fileteadas, sin encontrar la dichosa bombilla que dé luz a este cementerio de yogures de sabores caducados.
Tropiezo con la escarcha formada por nuestro uso irresponsable, por tanto abrir para después cerrar sin razón coherente, y acabo sorteando los chorretones de grasa formados por la falta de previsión de quien no descongela nunca el frigorífico antes de irse de vacaciones, aunque sepa que no cuesta nada darle a un interruptor y dejar un limón reseco y una botella de agua en la puerta.
No sé si lo he dicho ya, pero tengo frío, y aunque puede que alguien al verme tiritar de este modo se me acerque con una manta, la ventisca polar de esta nevera no se detendrá nunca. No hasta que el servicio técnico encuentre el modo de regular el termostato.
Y entretanto, el frío, tanto tanto frío...





sansar dijo
me parece que lo que a ti te hace falta es un buen microondas :-P (pensaba que el metafórico era yo).
"carnes fileteadas". A ver cómo compro yo ahora las pechugas fileteadas de los jueves en el Mercadona.
19 Mayo 2009 | 04:24 PM