víscera de cristal
Enamorarse es una enfermedad.
Es un desbarajuste. La incoherencia
que te reúne con alguien, casi siempre
ni muy alto, ni demasiado delgado
que entre otros asaltos,
te acosa con la respiración
vía telefónica a extrañas horas.Ese alguien nunca te convendrá.
Es incómodo y nada idealista.
Llama a las cosas por su nombre.
A la poesía, por ejemplo,
suele decirle imbecilidad.
Aunque se bebe lo que escribo
en un ático y agujerea mis palabras
con puro fuego. Y luego (como si lo viera)
tira los papeles chamuscados
al inodoro y pulsa la cisterna.Así me baja a los ruidos de los atanores.
A las tajeas reales donde conviven
la rata y la cucaracha. Allí
se despintan mis besos
y por mis proyectos indecentes se pasea
toda la porquería de la ciudad.Y esto pasa como si nada.
Sin que nadie te pida permiso. Cuando
estás cuadrando inventario
o escribes a un cliente moroso.
Cuando están los bancos abiertos
y no te pagan los cheques al portador
por falta de fondos. Cuando no sabes
qué hacer con las ganas de amar.
Con el vaho que sale de tu camisa
porque el corazón es como un barco.
Como un absurdo disparate
que amordaza tu sensatez. Entonces
recapacitas. Consultas con la nevera
y pones cubos de hielo
en las neuronas con las que decides
pensar algo razonable. Lo malo
es que luego el hielo se derrite,
y tiene el mismo componente
que las lágrimas.
Perfecto Amor. Rosa Díaz




globos dijo
y cuando pasa deja un sabor amargo y lejano, borroso en el recuerdo. Y un buen día te das cuenta de que hace mucho que tu corazón no es un barco y, desde luego, las lágrimas no son tempestades ni ciclones, sino, más bien, un diluirse de la nada en un puñado de sal que nos sabe a rancio. Besos
12 Mayo 2009 | 03:22 PM