tanta alegría (más deberes publicados)
El miedo galopaba desbocado y loco por sus venas, desordenando todos los pensamientos y consejos que había atesorado hasta ese instante. Acababa de casarse y los escalofríos se sucedían bajo las enaguas y sedas de su vestido de novia. En el día más feliz de su vida un nudo de secretos atenazaba su garganta. Encerrada en el baño de la habitación, apuraba los escasos minutos que podría robarle a aquella noche, a esa primera vez.
Él esperaba sobre la cama con la corbata desmadejada, la camisa arrugada y descalzo. Jugueteaba con el mando a distancia del televisor, saltando de las noticias de madrugada a los infocomerciales que venden camas inflables y cremas antiarrugas. Eran cerca de las seis y la euforia, producto de la tremenda cantidad de copas que había tomado, estaba empezando a decaer. Si ella tardaba un poco más se quedaría dormido y no era el momento para ello. No ahora.
Cuando no quedaron mas horquillas que sacar del ovillo que era su pelo y los mechones lacios cayeron en cascada sobre sus hombros, comenzó a desmaquillarse. Lentamente borró todo rastro del carmín de sus labios, el nácar rutilante de su tez y los guiños rosados de las mejillas. Ahora tan sólo quedaba ella, sin máscaras, envuelta en un albornoz, con un conjunto de satén beige y los pies congelados. Era el momento. Suspiró.
A través de la ventana, filtrándose por entre las cortinas, se veían las luces parpadeantes de la ciudad, así como el incipiente sol amenazando con sorprenderles si no se daban prisa. Él llevaba esperando demasiado, y no sólo se refería a aquella noche. Habían sido tres largos años de relación en los que ella no había permitido que llegase más allá de la frontera impuesta por mangas, cinturas y dobladillos de su ropa. Todo lo había tolerado; sin preguntas ni reproches, pero no podía soportarlo más, no esa noche, no siendo su esposa.
Enfrentada con su reflejo en el espejo, cientos de imágenes la atormentaban. Volvió a ella la náusea contenida y toda aquella bilis bullendo en su garganta. Temblaba, con la piel erizada y los ojos perdidos en la inmensidad de sus recuerdos, cuando él empujando la puerta del baño, la vio allí sentada. Aunque sumida en algún tipo de trance, consiguió tomarla del brazo y conducirla al dormitorio. Allí, sentados sobre la cama, deshizo el nudo del albornoz y perdió las manos en su interior.
No podía mediar palabra, paralizada por el horror, mezclándose las escenas del pasado con las de su propia noche de bodas. La imagen de su marido se confundía con la de él, la de aquel primer hombre, la noche lluviosa, el sudor áspero y sus manos rancias. Como entonces, quería llorar, deseaba gritar y salir corriendo, pero, también como entonces, no pudo más que sollozar calladamente.
Tumbada sobre la cama, inerte, se abandonó a los deseos de su marido. Confundió él cada suspiro con jadeos, los ojos sellados con destellos de placer, la entrega propia de la presa vencida con ese dejar hacer de los amantes confiados.
Llegado el momento final, descubrió su cara inundada en lágrimas. Creyendo que eran fruto de la emoción, besó sus párpados inflamados, susurrándole frases de amor que ella, desde su isla, no llegó siquiera a imaginar.
Se habían asomado los primeros rayos de sol a su ventana cuando todo acabó. Él dormitaba, pleno de ensoñaciones y promesas de un futuro en que no cupiese tanta alegría como la compartida aquella noche.
Mientras, ella, con el corazón envuelto en plástico de burbujas, rezaba para que su piel borrase algún día las huellas de aquella lejana noche en que le fue arrebatada el alma bajo el cuerpo de un atacante desconocido.






flor_deloto dijo
Lograste transmitir un dolor lejano pero a flor de piel. De esos que no mueren nunca.
Beso.
30 Abril 2008 | 07:39 PM