de cerezas, talleres y locura contagiada
Sueño con la primera cereza del verano. Se la doy y ella la lleva a la boca, me mira con ojos cálidos, de pecado, mientras hace suya la carne. De repente, me besa y la devuelve con la lengua. Y yo que me marcho tocado para siempre, el hueso de cereza todo el día rodando en el teclado de los dientes como una nota musical silvestre.
Por la noche: "tengo algo para ti, amor."
Poso en la boca de ella el hueso de la primera cereza.
No es de lo mío, pero es lo mío. No sé si me explico.
Me han concedido dieciseis horas para que trasvase mi pasión por un libro y un autor, mi amor por lo que las palabras pueden llegar a significar bien juntitas y mezcladas. Me prestan a un grupo de personas a las que poder contagiar, gente que no tiene hasta ahora ni rostro ni nombre, pero que lo tendrán el martes.
Barajo opciones, cortes de películas, canciones adecuadas, algún juego y hasta una mañana en el parque. Se me arremolinan las ideas en la frente, pugnan por salir primero y yo me siento feliz de poder volver a leer (y releer) párrafos como estos.
Mojó las manos en el mar y se humedeció los párpados aprentándolos con las yemas de los dedos. Al abrir los ojos tuvo la sensación de que habían pasado años. El mar se oscurecía con el color turbio de un vino peleón. Miró al cielo. No había nubes. Pero fue aquel silencio contraído lo que lo alertó.
PD: a modo de traducción, que el martes empiezo con eso del taller de lectura para mayores (que emocióóóóóóóóónnnn)








laluzenmi dijo
tú escribes mejor que rivas, pero de aquí a lima, desco.
ponle a los yayos tus posts, joder.
4 Abril 2008 | 12:08 AM