la toilette

Tiene cita a las diez. Empieza los preparativos con tiempo porque sabe que cuatro horas son necesarias para todo lo que tiene en mente. El atuendo está seleccionado y descansa en el interior de una bolsa transparente de lavandería. Sobre la cama el conjunto de lencería y las medias, los zapatos relucientes en la alfombra.
Meticulosa y perfeccionista, se encierra en el baño con un despertador programado para sonar noventa minutos después. Es todo el margen que se dará, se conoce bien y sabe que podría entretenerse durante horas si no se frena.
La bañera esta plagada de cosas, y todas las utilizará en algún momento: esponja natural, gel de avena, champú con oligoelementos, serum capilar, guante de crin, crema exfoliante, una loción tonificante corporal, mascarilla de fresa para la cara y otra de cítricos para el cabello.
Y aún así nada es suficiente.
Nunca se creerá limpia del todo. Por más que se lave, aunque guarde un frasco de lejía entre el arsenal de belleza, a pesar de que lo use como jabón de manos y se seque desde hace tiempo con toallas que van a la basura sin reutilizarse. La suciedad continúa en su interior. Y para la mente no existen detergentes.
Cuando las palmas de las manos comiencen a agrietársele se hará más doloroso el ritual. En cierto modo eso supone un alivio. Cree que sufrir purifica de algún modo, que el escozor y la quemazón servirán para acabar con esa horrible sombra que tizna sus pensamientos.
Sustituir la esponja por un estropajo contribuye a la purga. Elimina sudor, polución y aquellas bacterias que puedan estar adheridas a la dermis. Los primeros arañazos dibujan surcos blanquecinos de piel escamada, los siguientes van tiñendo de rojo la alfombra antideslizante de la bañera.
Además el agua hirviendo consume y arrasa a su paso. Cientos de gotas afiladas erosionan el cuerpo, diluyendo los rastros de sangre y las virutas de células muertas para dejar al descubierto su carne viva. Se convierte en un ser enrojecido y palpitante, trémulo y vulnerable, aunque sin duda más limpio y purificado.
Viene entonces el depilado. Obsesionada con su erradicación, cegada por la repugnancia ante un vello en que anida lo más pútrido del ser humano. Sexo, piernas, axilas, incluso los antebrazos son rasurados. Tras la cuchilla, las pinzas y el bautismo en agua oxigenada para cauterizar todo folículo.
Llega el turno de pies y manos. Con un cortacallos avaricioso, aparatos represores de cutículas y un set de manicura para aquellas uñas, cortadas tan al límite que algunos dedos estallan, capullos florecientes de piel desgarrada.
Suena el despertador. Ha pasado su hora y media de reloj y aún no está lista. Sentada sobre la tapa del retrete se dice que todo va mal. Está perdiendo la cabeza, desterrando al más común de los sentidos: su lógica y disciplina elemental. Reprime las lágrimas, los gritos, el deseo de aniquilarse, de dejarse envolver por el sinsentido.
Todo tiene solución, ha de tomar aliento y tranquilizarse.
Aunque haya olvidado lavarse los dientes como primer paso en su rito de limpieza, en el fondo no es para tanto. Basta con repetir todo de nuevo, dicen que a la tercera va la vencida.
Antes envía un mensaje, llegará tarde a la fiesta.
Y de regalo esta canción, que le va perfecta, Hurt de NIN en la versión de Johny Cash...











Honey dijo
Jooooderrrr. Me has dejado de piedra. Al principio empezaba tan bien...parecía un comentario de un cuadro, un momento de "porque yo lo valgo", de esos que me encantan a mí. Pero la cosa acaba llena de mercromina...aichs. Besos guapa.
1 Octubre 2007 | 09:28 PM