juego sin fin
En muchas ocasiones el juego no tiene como finalidad ganar o perder, sino simplemente divertirse ejecutando una acción placentera o entretenida. En este caso, la principal misión del juego es, simplemente, jugar. Las actividades que favorecen el reto personal, que suministran feedback de la actuación y cuya acción es absorbente pueden llegar a provocar lo que se denomina “flujo”, una experiencia con un componente motivacional muy poderoso, que mantiene e incita a la acción, pero también cargada de un tono hedónico placentero, que provee de sensaciones agradables mientras se lleva a cabo.
(Csikszentmihalyi y Csikszentmihalyi, 1998) En Chóliz, M. (2006). Adicción al juego de azar.
Ahí se encuentra la atracción y también la trampa. Cuando las cosas son divertidas sin más, sin que se haga necesaria otra clase de incentivo o sofisticación. Así las máquinas tragaperras, los juegos de azar, los rompecabezas y los jeroglíficos que nos retan desde los periódicos se hacen adictivos; por eso enganchan los besos, las conversaciones interminables y otras muchas cosas que no ofrecen más que lo que son, con su dinámica interna como único cebo.
La pega es que no siempre sabemos elegir las apuestas, los temas por los que merece la pena arriesgarse; y nos enredamos en intrincadas soluciones que fallan, negociaciones que no avanzan y mecanismos perversos que perpetúan una situación en vía muerta.
Dedicamos una eternidad a actividades sin sentido; inmersos en un presente que no hace más que dirigir su vista hacia el mañana, en relaciones estacionarias, objetos y compras que actúan como antídoto contra las rumiaciones y hábitos que acallan los deseos recurrentes de romper con todo.
Nos involucramos en diferentes juegos, algunos complejos como la ruleta; otros tan sencillos como lo es lanzar una moneda al aire y desear con fuerza que salga cara.
Y poniéndonos en lo peor, si fracasamos y sale cruz tampoco importa tanto. Nos restan infinitas oportunidades más con ese 50% de probabilidades de éxito intactas.
Es por eso mismo que resulta tan buen juego éste de la vida. Se vuelve adictivo porque no puede predecirse con exactitud, porque el mero hecho de apostar ya provoca cosquilleos en la boca del estómago y, además, los golpes de suerte aparecen cuando menos lo esperas.
PD: Cuanto más leo sobre eso que llaman ludopatía, más me parece que todos vivimos a base de pronósticos, jugadas maestras y trucos que pretenden burlar a la banca.









solounpoco dijo
Creo que el juego de la vida es el único que todos sabemos como acaba, por muchos trucos y fullería que intentemos hacer. ¿O no?
Besos
21 Agosto 2007 | 12:00 AM