Había una vez...
Había una vez un chico. Uno cualquiera, no importa si era alto, o si tenía o no el pelo largo, si lloraba al cortar cebolla o si se mordía las uñas en la parada del bus. Era uno como tantos.
Quedó con una chica en el parque principal del campus. No era nada romántico o sexual, ella iba a hacerle una entrevista sobre los servicios universitarios y su nivel de satisfacción.
El punto de encuentro era una fuente inmensa, un lugar cercano a los puestos de helados y el quiosco. La vio de lejos: rubia, alta y de cuerpo atlético.
Fue cortés y educado; ella, dulce sin dejar de ser profesional en ningún momento. Hubo risas, algún que otro comentario personal que quedó al margen del cuestionario y hasta bromas sobre la utilidad o no de ese tipo de sondeos.
En menos de un cuarto de hora habían terminado con el tema, y tras apuntar el número de teléfono de la entrevistadora por si hubiese alguna duda, se despidieron amistosamente.
Había también otro chico. Éste seguramente se parecía al anterior, aunque yo diría que se mordía las uñas y necesitaba un corte de pelo urgente. También había quedado en el mismo parque, con la misma estudiante, para la misma entrevista.
Existía, sin embargo, una diferencia. El lugar de la cita no era una fuente, sino un puente colgante que unía las dos zonas de campus separadas por un río con gran desnivel. No tenía más de 20 metros, pero oscilaba ligeramente con los pasos firmes de los estudiantes y las ráfagas de viento ocasionales.
Cuando llegó al lugar la identificó al momento, le pareció atractiva, posiblemente amante del deporte y con mucho estilo. Se sintió atraído por ella: sentía como le sudaban las manos y el ritmo cardíaco se le disparaba. Incluso llego a mirar descaradamente sus piernas mientras repasaba las opciones de ocio ofertadas por el rectorado.
Puede que tartamudease un par de veces y se limpiase el sudor; al tiempo que le parecía evidente que ella se mostraba interesada e incluso insinuante en sus gestos casuales.
Tardaron veinte minutos en cubrir todo el papeleo formal. Después ella le dio su número de teléfono por si tuviese algún tipo de duda, quisiese añadir algo, o si deseara conocer los resultados del estudio.
Había en aquel parque una chica; una muy buena estudiante, extrovertida, jugadora de tenis amateur, dulce y muy colaboradora.
Se había involucrado en muchos experimentos antes, y sabía que no debía hacer preguntas. Las instrucciones dadas por su profesor eran simples: pasar una entrevista que sondease el nivel de satisfacción y eficacia de los servicios del campus.
Le dieron un horario de citas y nombres (todos ellos hombres). A la mitad de ellos los vería en la zona más concurrida del parque, junto a la fuente. A los otros en el centro mismo del emblemático puente colgante.
En todas las ocasiones se mostró natural y agradable, tal como debe hacerlo una buena entrevistadora, sin ser demasiado rígida o seria. Incluyendo comentarios personales de más o menos idéntico estilo y sin modificar el modo de llevar a cabo su trabajo.
En las siguientes semanas recibió llamadas de los chicos, con ciertas dudas o interesados en quedar con ella. Le resultó curioso, la mayoría de ellos habían sido entrevistados en el puente.
Erase que se era un profesor e investigador universitario llamado Stanley , empeñado en demostrar como las emociones se construyen desde nuestro razonamiento y no desde ningún tipo de mecanismo innato o heredado.
Decía que era absurdo pensar que había un patrón fisiológico específico para cada sentimiento, como también lo era creer que sin ningún tipo de alteración física se podía provocar una emoción. Estaba convencido de que los dos elementos imprescindibles para crear una emoción eran: una actividad autónoma inespecífica y una serie de procesos de razonamiento adecuados que le colocasen un nombre.
Muchos se resistían a creer que una alteración corporal, que las señales inconexas que nos envía nuestro organismo, pudiesen llegar a provocar una elaboración mental dotada de un carácter emocional con una etiqueta bien clara.
Por eso dedicó años de su vida a crear situaciones experimentales en las que se disparaban de algún modo las alarmas del sistema nervioso autónomo sin una razón evidente, al tiempo que se propiciaba que se asociasen a algo específico, a un tipo de emoción que ya conociesen... situaciones como la del experimento del puente.
Los estudiantes empezaron a sentirse inquietos debido a la situación misma de estar en aquel lugar tan poco estable. El caso es que no pensaron que los sudores, las taquicardias o la agitación respiratoria se debiese al estrés; mayoritariamente creyeron que la causante era aquella chica con la que hablaban.
Se sintieron atraídos por ella, e incluso vieron que gestos tan neutros como dar el teléfono de contacto o mostrarse agradable y simpática eran en realidad signo inequívoco de su interés.
Está claro que a veces nos engañan las percepciones que tenemos de los demás, e incluso de nosotros mismos. A veces sólo vemos lo que deseabamos encontrar allí donde miramos.









lamazmorradelandroide dijo
Sí, hay que ser fuertes, íntegros, mirar más allá, pero a veces es muy difícil...
Fuerza y honor.
31 Mayo 2007 | 10:12 PM