Secretos y churros
Por cosas de la vida una duerme cuatro horas y cuarto. Suena el despertador pronto, demasiado pronto para cualquiera y más para mí. Duchada y peinada sin abrir los ojos; desayuno unos agujeros de rosquilla, zumo de naranja exprimido como debe ser y un par de nueces que se me cruzan en un mal momento.
Conduzco sonriendo y reviviendo a pleno pulmón canciones autobiográficas que en el pasado me habrían vuelto melodramática. Los conductores me miran, vuelven la cara o se asoman a sus retrovisores atónitos. Adelantan y se recombinan con un ansia incontrolable por ganar puestos en la fila de hormigas hacia la ciudad, por llegar antes al primer gran atasco.
Ciudad en que reinan los semáforos y los vehículos de derecha libre. Toca arrancar y parar; arrancar y volver a parar; arrancar, esquivar un bus urbano, chillidos de claxón ensordecedores, aquella triple fila de aparcamiento junto al Jardín y cientos de dudas ante los carriles de flechas multidireccionales y los peatones suicidas que se arrojan, sin paso de cebra, a la calzada humeante.
Me zambullo en un subterráneo de luces macilentas y salidas de emergencia pintadas de azul. Escalo a la superficie como los topos de los cuentos infantiles: sin casco de minero pero con los ojos rasgados, el peso del insomnio en los párpados y una advertencia impresa que pide que agote mis horas completas, pues mis segundos no les interesan.
Por la calle me como con los ojos los colores de las nubes, los cantares de los pajarillos que habitan los semáforos y los reproches de los taxistas que leen el periódico sobre el capó de sus coches y desaprueban mi trote alegre y sonoro. Sorteo de un brinco a un chihuahua con jersey de rombos, a su dueña momificada y a un grupo de embaucadores que quieren venderme algo que no necesito. Estoy serena, estoy feliz, estoy con el corazón y la cabeza sincronizados. Todo gira y se desenvuelve como es de esperar. Estoy en la gloria, o casi.
Me sobresalta una llamada de la realidad cuando estoy diseccionando un escaparate. Me asusta el tono de quién habla. Me cuenta cosas, historias que yo imaginaba pero no conocía: inmundicias, golpes bajos y bofetadas de las que te vuelven la cara, de esas que hacían que a Rita Hayworth se le torciese el gesto y le brillase la mirada. Y después viene lo de siempre, el pacto de silencio, el pedirme que me calle y no diga nada a nadie.
Me despido tras 45 minutos dando aliento, miniconsejos no escuchados, abrazos semánticos y besos con tecnología 3G.
Yo como una tumba que rebosa confesiones; con los secretos entremezclados de muchas gentes que me dan versiones parciales y subjetivas, que por alguna razón ven en mí una especie de exorcista o de gurú extraño que comprenderá sus debilidades, los dolores difusos del alma y que sujetará su frente mientras vomitan sus feas historias a mis pies.
Por lo visto tengo algo que genera el irse de la lengua; soy confiable, aunque yo no tengo claro que sepa lo que me hago cuando me lanzo a analizar y dibujar hipótesis. O igual sí, porque me sale natural.
Doblo la esquina para despistar a los mosntruos ajenos y sigo el rastro olfativo de unos churros recién hechos. Acabo con mis pensamientos en un local con solera y patio trasero lleno de geranios en flor. Pido una ración con número impar y mientras los condeno a muerte por ahogamiento y posterior descuartizamiento, recuerdo aquella época lejana en que los churros eran de ida y vuelta y formaban un lazo perfecto: un hueco en que poder encajar los secretos ajenos para digerirlos a bocados, para borrarlos de mi frente y que nadie pudiera leerlos.







solounpoco dijo
Hay que tener mucha paciencia para aguantar 45 minutos de charla después de un rato entre primera y punto muerto. Por cierto, que buenos desayunos te pegas, muchacha.
Besos
29 Mayo 2007 | 11:17 PM