Especias para la vida
Al principio todo va bien. Es algo diferente, estimulante y muy entretenido.
Te parece un complemento perfecto para lo que ya posees, un sumando más en tu particular cuenta de satisfacciones. Añadir elementos siempre debería hacer aumentar el total, es matemática pura y no debería fallar.
Pero la vida no resulta tan simple, y ese espacio nuevo que has descubierto tras la mesa de despacho no se acomoda a la estructura de tu vida, la deforma y no parece conformarse con ser una habitación más de la casa.
Ahora ese limbo que tanto te gustaba, trata de usurpar espacio a lo que le rodea, incluyendo muebles, horarios y personas. Exige atenciones, cuidados y constantes gestos que acaban por minar el discurrir fluído de tus días.
Se entromete de tal forma que comienza a asfixiarte y se atreve a deslucir la perfecta maquinaria que era tu rutina anterior. Señala fallos, motas de polvo y posibles zonas llenas de óxido, presentándose como alternativa perfecta a todos esos molestos errores que plagan los acontecimientos reales, mucho más grises y planos.
Se muestra con orgullo como una burbuja dentro de la cual todo es perfecto. En ella eres más tú que nunca, con menos dolor de espalda y más frases inteligentes para repartir. No hay necesidad de comentar lo mucho que ha subido la hipoteca, lo mal que va el Celta o como es posible que hayas dejado el baño como lo has dejado. Se esfuman todos los reproches, los resbalones, las listas de la compra o aquel maldito sacacorchos que siempre se pierde por los cajones.
Lo artificial es mejor, más manejable; pasando en un segundo de lo lírico a lo obsceno y de lo íntimo a lo ligero, todo a voluntad del creador. Jugar a ser Dios es adictivo. Es liberador deshacerse de nuestro saco de tabúes aunque no deje de ser un ejercicio de prestidigitación, de sombras chinescas proyectadas en la pared o conversaciones a través de un biombo. Se muestra una parte y el resto se mantiene en la sombra, lejos de la vista de los curiosos.
No hay que perder la perspectiva, la vida sigue siendo más bella ahí fuera. Es ésta la complementaria, la más insulsa, la que está hecha con píxeles y bytes plastificados. La otra se forja a base de madrugones, sonrisas y gente que se acerca, invade tu espacio y se hace con un hueco a tu lado en el sofá, compartiendo el mando a distancia y aquella manta robada de Iberia.
A veces los espejismos nos confunden, hacen promesas al oído y olvidan cual es su lugar en la piramide de prioridades. Por suerte no somos el Dr Frankenstein y aún controlamos nuestros propios monstruos.
Podemos barrerlos bajo la cama y disfrutarlos en los momentos de ocio sabiendo que son sólo eso: caprichos, dulces, juguetes, sal y pimienta que animan un menú; en definitiva, lujos que nos concedemos, ni más ni menos.






Honey dijo
Gracias por recordármelo...estaba por cambiarme el nombre en el registro civil.
Bicos guapa!
25 Abril 2007 | 10:53 PM