Invisible
Es la perfecta candidata a mujer invisible. Pasados los cuarenta, con la EGB sin terminar y surcada de marcas que la vida le fue dejando en forma de arrugas, estrías y kilos de más.
La ves por la calle como a otras tantas: pelo mal teñido en un tono rojo, raíces y cejas negras como el carbón, piel cetrina y labios cuarteados.
Pantalones y chaquetas de chándal, un par de cadenas de oro de 18kilates con una medalla de la virgen del Carmen que se bambolea entre sus abultados pechos, uñas con restos de un esmalte marfil y zapatos negros que nada tienen que ver con su ropa deportiva.
Por ultimo un anticuado bolso cruzado, la lejía como perfume, muchas bolsas de supermercado en sus manos y una lista de recados por hacer grabada en la frente.
Se entretiene mientras espera en el semáforo viendo las portadas de las revistas del kiosko; le gustan, aunque nunca compre ninguna. Camina mirando al suelo, agacha la cabeza y aprieta el paso pensando en lo tarde que se le va a hacer para el cocido de su menú diario.
Está casada, o al menos eso dice su alianza. Tiene un crío de la era del botellón y las rayas para aguantar las clases de mates, con un par de piercings y unas ocho asignaturas pendientes de la segunda evaluación. Seguro que no es mal chico, sólo un poco vago; las malas compañías que lo arrastran; es el pequeño mantra que ella se dice cada mañana al despertarlo.
Trabaja fregando un par de oficinas, para una comunidad de vecinos y en una casa particular haciendo horas. Para todos sus jefes es eficiente pero perfectamente prescindible si se diese el caso, ninguno recuerda su nombre. Es la mujer de la limpieza, por ese apelativo responde.
Termina el día, cae la noche y se encienden una a una las luces de su calle. Llega a casa, prepara una cena improvisada con algo de jamón, una tortilla y queso curado. Aparece su marido molido de trabajar o de jugar a la tragaperras en el bar, pero de buen humor. Es hora de salir a pasear, de tomar el aire juntos.
Es el único momento del día que se dedica a si misma. Ducha con agua hirviendo, cremas de olor a miel y puede que una depilación apresurada. Mientras se sube las medias negras piensa en qué se pondrá esa noche.
Primero se peina, se hace una cola de caballo que deje a la vista la nuca. Se maquilla tapando imperfecciones, ojeras y alguna cicatriz. Cantidad obscena de rimmel, sombra de ojos azul cielo a juego con sus ojos cansados y pintalabios de un rojo sangre.
Ropa elegida por él la espera sobre la cama: una camiseta negra de lycra con un escote pronunciado en uve y una falda roja que deje a la vista la blonda de sus medias y toda la celulitis que se afana en esconder cuando van a la playa. Como guinda, tacones de aguja y pulseras ancladas a los tobillos como grilletes.
Hacen el recorrido de cada noche, abrazados por las calles desiertas de la ciudad. Pasean por la Alameda, donde tantas veces lo hicieron como novios. Llegan al extremo final, a orillas del río.
Hay unas marquesinas de cristal bien iluminadas que durante el día hacen las veces de parada exclusiva de los autocares turísticos. A estas horas bajo cada punto de luz hay una figura posando como una artista de vodevil, mientras el público ambulante avanza dentro de sus coches antes de decidirse por una de ellas como vedette particular.
Él besa su frente a modo de antídoto contra el frío y los escrúpulos. Le entrega su bolso rojo repleto de lentejuelas y condones. Allí se queda viendo como ella ocupa su farola, ese foco que todas las noches la ilumina y hace que por fin reparen en ella, que alguien la vea y la escoja por ese precio tan popular de 20 euros el completo.








Quintín Caravante dijo
Qué tétrico lo pones. Y que triste.
Pero realmente, ¿ crees que es ese el perfil tipo de "mujer invisible", como tu lo llamas?
Muy bien redactado, pero yo me pregunto: ¿existiría esta mujer si no fuese porque existen otros hombres "invisibles"
Y digo invisibles pues resulta ser siempre otro el que requiere esos servicios
23 Abril 2007 | 06:00 PM