Santa semana
Esta semana ha tenido, como poco, tres domingos. Ya está bien, no quiero más, y esto lo digo cuando aún no ha llegado el verdadero día de resurrección. Estoy lenta, como salida de una siesta interminable, pies y manos intercambiados; al sol meciéndome con movimientos perezosos y torpes.
La luz me hiere; amplifica los sonidos y amortigua los colores de los objetos. Vivo en un mundo de tonos pálidos, desvaídos y salpicados por motas de reflejos solares, postimágenes coloreadas en tonos complementarios.
Arde mi piel, cada poro en llamas por culpa de los rayos solares. Me subyuga, me aplana en espera de la tormenta eléctrica. No cae una sóla gota, no me fulmina ni un relámpago, no me sobresalto con el rumor del trueno. Es una antitempestad, se frena antes de llegar al climax. Se queda en nada.
Es algo que odio, quedarme con la miel en los labios. Cara de estúpida, anhelante de algo que no ocurrirá jamás. Se apresuran las nubes, se ríen y exhiben antes de alejarse hacia el noreste.
Pido volverme zona catastrófica; deseo mar arbolada, viento de fuerza tres a cuatro y lluvias monzónicas. Busco un respiro de tanto descanso. Estoy agotada de reposar. No quiero que las cosas se asienten, quiero mis partículas en suspensión, en órbita perfecta alrededor del sol.





solounpoco dijo
Pero que bien describes. Aquí en el sur no hemos visto el sol en toda la semana, sólo nubes y lluvías que embotan la cabeza. Además tenemos resonando en los tímpanos los bombos y las cornetas. Que resucite ya, por favor.
8 Abril 2007 | 12:44 AM