Conductas de riesgo, apariencias y buena voluntad
Yo me quedaba en la parte trasera del bus, en un sofá mullido con las piernas enredadas y una carpeta llena de encuestas de perfil para los que fuesen llegando.
Preguntas rutinarias, sobre su edad, peso, enfermedades, vida sexual, tatuajes, piercings, viajes a Gran Bretaña para atiborrarse de roastbeef en los años ochenta y demás conductas de riesgo.
Todo el mundo preguntaba por lo de los ingleses.
-Las vacas locas, ya sabes - decía con una mediosonrisa mecánica.
Después siempre les pedía disculpas por lo que venía a continuación. Era la parte en que le herían por primera vez. En realidad no era doloroso, pero todos solían dar un respingo en el asiento cuando me entregaban su dedo corazón.
-Sólo es para comprobar el nivel de azúcar, y que sepas que esto es lo que mas duele de todo, así que mira, no es nada.
Se quedaban tranquilos, suspiraban pesadamente, aliviados. Les tomaba la tensión, apuntaba todo en los recuadros marcados de su ficha personal y desaparecían tras la cortina que llevaba a la zona de extracción si es que todo estaba correcto.
El donante tipo era un chaval, de más o menos 20 años, universitario, deportista y con vida sana. Eso decían sus cuestionarios.
Eso era cierto, o casi. Debí cubrir unas doscientas o cerca de trescientas inscripciones nuevas en unas semanas de trabajo. De entre todos aquellos nombres; uno dio positivo para algún tipo de hepatitis infantil que no recordó mencionar, y cinco de aquellos chicos jóvenes, informados y supuestamente listos dieron VIH positivo.
No se comunicaba algo así con una carta a su casa. Se les llamaba por teléfono concertando una cita en el centro de transfusión. Allí se podían oír justificaciones desesperadas, lloros y mucha incredulidad. Desde aquel crío de 18, seguro del error en sus resultados porque sólo lo hacía a pelo con chicas guapas, hasta una mujer que se había creído a salvo por cierto tipo de lavados con no sé que planta aromática.
Recuerdo al médico responsable de mi autobus furioso, paseándose por el estrecho pasillo de la unidad móvil de donación después de saber los datos de aquella campaña. Todo el equipo se sentía raro ante aquella situación.
Rodeados de paredes empapeladas con eslóganes que propugnaban la solidaridad de los más afortunados y que pedían colaboración a lo que la publicidad institucional llamaban "lo mejor de su generación", se encontraban con resultados dándoles bofetadas llenas de realidad, ejemplos de inconsciencia humana.









gineblog dijo
Es una historia muy frecuente. Las infecciones se extienden sin piedad.
Muy interesante. Saludos
2 Abril 2007 | 08:59 PM