Perro perdido
Viernes noche; me esforzaba por llegar, sinuosa como serpiente, a los lavabos. Divididos entre perros y gatos, (vaya usted a saber como se supone que debe uno distribuirse) me río con las ocurrencias de un chavalín que se apoya en la pared, o se empotra, a mi lado, mientras esperamos.
Se oyen ruidos de cerrojos tras la puerta de los canes, de color rojo inglés. Debido al arrastrar del serrín mojado y algún que otro papel, hay que dar tirones para que ceda. Empujo para ayudar a quien estaba dentro a abrir hueco. Una figura enmarañada y grisácea sale de dentro; parece que esté moldeado de esa mezcla nauseabunda del suelo del retrete. Pelo engrasado, diría que muy grunge, si hubiese algo que me hiciese pensar que todo forma parte de un look estudiado. Reconozco la camisa, de un color azul funda de trabajo, manga corta y botones nacarados. Por entre los mechones aceitosos atisbo dos carbones de brillo apagado por las horas de insomnio, en que me vi reflejada en varias ocasiones.
Lo conocí por medio de una amiga, era su compañero de prácticas. Un día viajamos en el mismo bus. Se había subido al 5, circular campus norte-campus sur, sólo que en la dirección contraria, y de ese modo no llegaría a su facultad de físicas. Decía que se liaba, que en su isla de Arousa no había tantas líneas. A mí me pasaba igual, y acabamos en el fin del trayecto, obligados a bajarnos en una calle cochambrosa bajo un vendaval de lluvias bíblicas. Compartimos su miniparaguas de cuadros, y le invité a un café con vistas a la Quintana como pago.
Cuatro años después, en el bar en que tantas charlas trascendentes y copas nos regalamos, nos volvemos a ver. Me habla con un hilo de voz arrastrado, pastoso y sin ganas. Yo suplo su apatía con energía desbordante. Amaga varias sonrisas, pero en vez de reconfortarme verlo así, me entristece; con labios cuarteados, ojeras violáceas profundas y unos dientes de un amarillo nicotínico extremo. Todo en él es decadencia, me viene a la mente Antonio Vega, sólo que este chico isleño no conserva esa mente despierta ni la voz y ganas suficientes para poder cantarme nada al oído.
Le comento lo que fue de mi vida y él trata de esconder lo que fue de la suya; se calla las horas en la Plaza de Cervantes tirado en una esquina, los préstamos de dinero de los amigos y su eterna matrícula en matemáticas I.
Me hacen señas, me voy del local. Le dejo dos besos y una copa de beefeater entera. Me vuelvo a unos metros; le veo apoyado en la barra, con mirada extraviada de perro vagabundo. Sigue tan perdido como aquel día en el número 5, yendo en una dirección errónea.









solounpoco dijo
Preciosa tu historia aunque muy triste. La comparación con Antonio Vega es muy dura. Yo lo vi actuar hace menos de un año, a un par de metros del escenario, y estaba fatal. Espero que la próxima vez que veas a tu amigo no se encuentre "esperando nada" ni " a medio camino".
Besos.
6 Marzo 2007 | 11:01 PM