Mercado
Se colocan en la "Praza do rubí" y la "Praza Maior" cada jueves. Durante todo el año excepto cuando coincide día de feria en la capital, por supuesto. Y siempre en la misma disposición laberíntica. Es "el corte inglés", como irónicamente se autodenominan. Son la pequeña versión de la ONU para las villas de provincias.
A un par de metros del puesto de artesanía local, plagado de alambiques de cobre, piezas de barro y miniaturas de hórreos; colocan sus toldos los maragatos con sus artículos textiles. Ofertas escupidas a voces, cinco bragas por tres euros, camisetas multicolores a cinco monedas plateadas, calcetines, gorras de pana, zapatos rudos y pantalones de chándal a imitación de todas las grandes marcas.
Un poco más allá las montañas de frutas al alcance de la mano, me dibujan esa sonrisa pícara de niña que siempre deseo coger la naranja que está en la base, aunque sólo sea por ver como todo cae y rueda por los adoquines. Me contengo, y un dulce acento portugués me atrae a su mundo de plantas y semillas exóticas. Me endosa un par de malvarrosas, un proyecto de celosía y si me apuras hasta un nuevo árbol del amor para sustituir al que se pudrió en otoño. Me escabullo por entre dos limoneros para darme de bruces con el penetrante olor de la piel que vende Mr Taïf en forma de bolsos, billeteros y monederos bien trabajados. Me comenta sus proyectos, diseños de nuevas sandalias de cuero para la temporada del verano 2007 y los cinturones trenzados en diferentes colores. Hablamos un rato sobre su hijo, el Eto´o del equipo de mi primo, el mejor mediocentro de la comarca.
Alrededor de la fuente se colocan los puestos de verduras de las huertas de la zona. Mujeres de mejillas quemadas por el sol, manos encallecidas por el trabajo y vocales más que cerradas en sus palabras, tratan de vender lo que sus tierras les dan en estos días de invierno. No hay lugar mejor para encontrar la miel más pura de montaña, con aroma a romero, lilas o puede que manzanilla.
Y entre todo este laberinto, mi puesto favorito, ese que me hace abrir los ojos y hasta la boca. Gerardo es su nombre, vendedor de libros en stock, incansable buscador de librerías en liquidación por cierre, expoliador de casas abandonadas, buscatesoros profesional de la zona de la "raia" (la frontera). Con antepasados contrabandistas de cafés del Brasil, trafica ahora con ediciones de Rosalía de principios de siglo, volúmenes de "la Biblia en España" de Borrow y carteles de partidos regionalistas, grabados del Castelao y otras curiosidades atesoradas por ese hombre-urraca, vendedor de cultura ambulante.
Me embarullan un grupo de niños que corretea por entre la gente hablando con acentos del Este de Europa, jugando al regate ante los desconfiados paisanos de bastón y boina calada. Algún otro pirata oriental se acerca con cds y una mochila repleta de sobres plástificados, tratando de hacerse entender con sólo un leve movimiento de cabeza y el precio de su oferta susurrado.
Salgo de la plaza por la zona de soportales, lugar especialmente frío y húmedo, dónde tras una puerta entreabierta se asoma el ilegal proveedor de "augardentes" de la villa. Se hace la transacción de un modo rápido, a cambio del billete de cinco, la botella de coca-cola de dos litros. Es de los fuertes, te advierte, para que tengas cuidado de rebajarlo un poco con agua o zumo antes de usarlo o tomarlo. Después se pierde en la oscuridad de la que salió unos momentos antes.
Por una grieta entre las piedras se abre una ruela angosta y ventosa. Debido a alguna conversación reciente me fijo en su nombre, "rúa de San Roque", santo apestado alimentado por un perro negro sin rabo; y que lleva a la que se llama "Praza das Pitas" (gallinas), por razones que quedan claras al ver las decenas de jaulas llenas de aves ruidosas esperando ser vendidas y metidas en cajas de cartón agujereadas para su comodidad.
Unos metros más allá la casa-fundación de Curros Enríquez, escritor local y representante del "Rexurdimento" gallego del s. XIX. En sus muros, un gato con pinta de vaca frisona otea lo que un grupo de palomas picotean en el suelo. Mis impulsos más primarios me empujan a correr hacia ellas para ahuyentarlas, pero el minino se me adelanta. El coche está a unos metros y parece que alguna de las palomas conocía mis intenciones porque me ha dejado precioso el parabrisas del coche; asco de pajarracos.



Solounpoco dijo
Es el magnífico mundo del "Corte español". Por favor, que nunca desaparezca el encanto de esta España castiza.
1 Febrero 2007 | 08:56 PM