Perro sustituto
La señora Sofía era mi vecina. Vivía en el piso de arriba, un cuarto sin ascensor, lo cual para una mujer de casi 80 años era como ser Rapuntzel en su torre almenada. Su marido, Eloíno, tenía algunos años menos que ella; siempre con una gabardina Burberry y una gorra para que no se le enfriase la cabeza, completamente calva. Había sido quiropráctico, cosa que realmente nunca supe muy bien en que consistía, pero sonaba a mago o curandero. Sin hijos, sólo el uno con el otro; vivían en aquel piso en que permanecían semicongelados la mayor parte del invierno.
Y con ellos Chester. Era un yorkshire terrier, de los de pinza en el pelo y jersey de lana tricotada. Su marido lo sacaba a pasear con infinta paciencia hacia ella, pues el perrillo era odioso. Como todos los perros enanos, de humor endiablado, ladrido chillón y mandíbula fácil; dado a morder y zarandear cualquier bajo de pantalón que se pusiese a tiro.
Su habitación estaba sobre la mía, con cama de mimbre trenzada, dos comederos de metal con diferentes piensos y un bebedero digno de un rey. Además un rincón con su alfombra y juguetes, incluyendo varios muñecos de goma que solía estrujar cuando se quedaba sólo, por aquello de matar la ansiedad. Oía sus uñas tintineantes contra el suelo, correteando de la cama a la alfombra o de allí a la puerta. El día del baño era el sabado por la tarde, y entre lamentos y gruñidos lo esponjaban con el secador. Cepillado a diario; solía cambiar de peinado, de las pinzas de plástico a ranitas, o coletas con gomas o minilazos. Por supuesto el jersey iba a juego, desde uno de lana de tonos cálidos a uno impermeable para aquellos días de lluvia.
Salía tres veces. Mañana, tarde y noche; como los medicamentos, tras cada comida. Desde que se abría la puerta del piso, hasta que llegaba al portal no pasaban más de 40seg y sus ladridos en dolby surround por el eco del edificio se multiplicaban y reproducían sin cesar. Eloíno, que bajaba cada escalón de uno en uno, con un bastón y mano en el pasamanos; se tomaba su tiempo con cada tramo de escalera. Y desde el cuarto a la calle tenía que pasar por unos diez, de 9 escalones cada uno. Podías saber que estaba en el descansillo porque se oía su jadeo entrecortado, tomando aliento para el siguiente asalto. Chester llegaba al portal y volvía a subir en busca de su dueño tantas veces como le era posible, lo que eran muchas; y todas ellas protestándole como un poseso por tardar tanto.
Ya en la calle, con la reluciente cadenita plateada unida a su collar de cuadros escoceses en tono rojo, se entretenía en cada esquina, cada coche aparcado, farola o señal de tráfico; lo cual al pobre Eloíno le venía bien para recuperarse del esfuerzo de su descenso.
Sofía amaba tanto aquel bicho peludo que incluso celebraba su cumpleaños, y además invitaba a los niños del edificio. Hacía tarta de galletas (que es la mejor tarta del mundo, pese a quien pese) y nos ponía un colacao. Chester tenía esos dulces de friskies para perros, y nos miraba desconfiado desde una de las sillas en el cabecero de la mesa. Algunos hasta le hacíamos algún regalito, como un dibujo de él mismo paseando por el parque, o durmiendo una siesta.
Un día vino una ambulancia. Bajaron a Eloíno sentado en una silla de las de su comedor, más ahogado incluso que cuando lo encontrabas en el portal a punto de salir a la calle. Con la boca y la camisa entreabierta, una de esas camisetas interiores de rejilla y el pantalón de un pijama azul celeste. A Sofía la acompañaba una sobrina, sujetándola del brazo con mimo.
Chester se quedó sólo durante unas horas que debieron parecerle interminables, pues yo oía los chillidos de sus bichos de goma de forma rítmica y contínua. Hasta el día siguiente no volvió a ver a su querida Sofía. A Eloíno no lo vio más. Eso sí, un mes después ampliaron la familia, un cachorrillo de bulldog blanco y rumboso se incorporó a sus vidas, de nombre Barry y con gabardinita de forro a cuadros para los paseos.




sansar dijo
jo, me he quedado sin palabras.
Cada día me gusta más tu morada.
22 Diciembre 2006 | 07:20 PM