STL, de Vilagarcía; con el número 117
Para empezar, me encantaba madrugar y que mi camino atravesando la zona vieja fuese en solitario; oyendo sólo mis pasos y las gotas de lluvia (porque siempre llueve) contra el suelo empedrado.
Atravesar la Quintana "de mortos" dejando la Catedral a la izquierda; coincidiendo con la Berenguela dando las 8. Los 16 (creo que eran 16) escalones hacia la zona de los vivos y el Tránsito; paso tan estrecho que tenía que cerrar el paraguas naranja para poder pasar. Además las azabacherías de dueño con cara y nombre germánico y escaparates deslumbrantes a pesar de lo oscuro y tempranero de la mañana.
Al salir a la siguiente plaza; San Martín Pinario, ese convento que algún japonés despistado fotografiaba sin saber bien que era. Y llegaba entonces al Val de Deus (valle de dios), ruela estrecha que no hacía honor a su nombre y en la que nunca cesaba de soplar el viento de cara.
Mi trabajo era discreccional, como el de los buses; y me avisaban siempre el día antes por la tarde. Primero tenían la actividad común de bajar a la UMAD, como niños de colegio, empujándose, y chillando, siempre nerviosos antes de la toma. Allí les daban la metadona y cubrían sus cartillas personales de tratamiento. Mi labor era simplemente tratar de que no se mezclasen con los que también estaban en la salita de espera pero no pertenecían a Proyecto Hombre. Eso y ver que tomaban las pastillitas, claro.
Lo más habitual era que los usuarios (que gran eufemismo) tuviesen diversas cuentas pendientes, o bien en el INEM, lo que resultaba un tostón, ya que pasabamos toda la mañana haciendo cola; o en algún tipo de médico. El más popular era el dentista, y es que los yonquis mientras se están metiendo no suelen pasar revisiones, ni hacerse limpiezas o empastes. Además estaban las revisiones médicas generales, y esas eran las que más hice; en principio por horario, primeras de la mañana; y después por gusto.
Era la chica de la tuberculosis y el SIDA; y no lo supe hasta que S, un tio de Vilagarcía, de treintayalgo pero aspecto ajado; me lo dijo. Por lo visto el resto de voluntarios preferían no ir al Clínico, alegando que estaba lejos, y les cansaba tanto bus. El viaje no llegaba a 10 minutos, por lo que S y yo sabíamos que eso era una excusa barata. A mí me daba igual, y además todo ese rato de viaje lo pasaba oyendo las historias que "mi chico" de ese día me iba contando.
Coincidí mucho con S porque empezó el programa el mismo día que yo entré como voluntaria. Ya lo había hecho en el año 97, pero se volvió a enganchar al divorciarse en el 2000, o eso decía; puede que el orden de acontecimientos no fuese ese. Yo diría que nos hicimos amigos; o algo parecido, y más después del miércoles de las extracciones de sangre en el Clínico.
El médico de la unidad de tuberculosis quería un análisis sanguíneo preliminar, así que nos fuimos al mostrador de los tickets, y con su tarjeta y el volante, solicitamos el número. STL, número 117. La zona de extracción estaba enfrente, y se veía el número en que iban, el 103. Nos miramos y nos sentamos a esperar. A nuestro lado una jubilada; que viendo a S, con los dientes negros, varios pendientes y un dragón tatuado que sobresalía por el cuello del jersey; agarro con fuerza su bolso y nos dio la espalda. Eso era habitual. Las mujeres miraban alternativamente, a S y a mí; extrañados por la combinación entre sus pantalones vaqueros pitillo de heavy ochentero y mi gabardina de charol negra.
Por fin le llamaron, lo que en la práctica suponía traspasar el mostrador de separación y sentarse junto a una bandejita metálica y una enfermera con pocas ganas de charla. Y ahí empezó el problema. Levantó el jersey, brazo derecho. La enfermera miró el brazo, a mí y a él de nuevo, con un gesto de asco que me revolvió el estómago. Las venas desde la muñeca al codo, se veían totalmente encallecidas, abultadas, ennegrecidas, deformadas y quemadas por todo el caballo que se había metido dentro. S, en un hilo de voz, le comentó que en los brazos no iba a poder ser. El rictus de desprecio de la enfermera se acentuó, y alzando la voz gritó mirando a la que parecía ser su superior:
-A éste no se le puede clavar ni una jeringuilla en los brazos de lo quemados que están ¿dónde tengo que probar?
- Pregúntale a él que seguro que sabe- fue la contestación de la otra hiena enfundada en bata, sin siquiera mirar hacia donde estabamos.
Toda la sala de espera, del número 118 al infinito nos miraba y murmuraba, mientras S se subía el pantalón y señalaba el lugar mejor en su tobillo.
Ya en la cafetería y mientras desayunábamos, me preguntó porqué perdía mis mañanas libres haciendo de acompañante.
-Es una pregunta fácil, no quiero ser como esa gente de la sala de espera.



knivess dijo
Ole ole ole, estas un poquito majara, pero bueno eres mujer... ojalá hubiera más como tú en el mundo.
18 Diciembre 2006 | 07:56 PM