Barcelona, año 54 (I)
Ella se había casado con él porque lo amaba. Eso pensaba entonces.
Claro que también quería salir de su casa, de esa aldea embarrada y húmeda; llena de vacas, estiercol, niños de rodillas escuálidas con los mocos colgando y frío que llega a los huesos.
Además él no estaba mal; alto, buen mozo, el único que parecía no haber pasado la polio o las paperas en kms a la redonda. Con el porte y cuerpo que dan el servicio militar y el habla de quien ha estado en Castilla más que para las siegas de verano.
Le prometió sacarla de allí; de la miseria del Atlántico y llevársela lejos, a las tierras cálidas del Mediterráneo. Nombres exóticos, historias sobre tranvías, funiculares y el mar. Ese mar que no había visto, que soñaba; en el que las señoritas veraneaban pero que ella ni siquiera había olido.
Quedaron hechizados. Se casaron en un mes de noviembre frío y seco. Ella con un vestido azul cobalto y el pelo recogido con unas peinetas de su madre. Él con el único traje que poseía. El oficio religioso terminó con un detalle de retranca del párroco, al avisar de la suerte que tenía al llevarse una buena bailarina como esposa.
Él; niño de padre ausente y madre apartada, criado por sus abuelos, aldeanos del siglo XIX, beatos y temerosos de Dios; se había tenido que abrir camino a base de trabajo y esfuerzo. Fue la vida militar la única salida que encontró. Más tarde ingresó en la Policía, quien lo iba a decir; el hijo de un comunista convencido.
Con sueldo aún expresado en duros (pocos) y un trabajo que consistía en patrullas a pie por la ciudad de los prodigios, que decía Mendoza. Cada noche, personajes de vodevil; Dalí abrazado a alguna puta tambaleándose calle abajo, las risas de los caballeros que venían del Paralelo y de algunas vedettes enfundadas en abrigos de pieles, cuchilladas por algun turbio asunto en el Barri Gótic; siempre salvaguardando a la Barcelona de Eixample; la de los ricos, eso que llamaban la burguesía catalana; de que se topasen con la realidad del extrarradio y la emigración.
Simultánemente, la vida diaria de recién casados consistía en un triste apartamento de una habitación en una ladera de Montjuic. Desde la ventana se veía el Tibidabo, con su Sacre Coeur particular y su parque de atracciones en pleno esplendor y lujo técnico. En el piso de abajo vivía la casera, una mujer dedicada a la costura, que le aconsejó a ella empezar a trabajar, porque le advirtió; la vida de provincias es una cosa, pero en la capital nadie regala nada. Aprovecho sus conocimientos en aquello de los hilos y agujas; y pagando a plazos una maquina de coser Singer, de hierro forjado alemán; empezó a trabajar como costurera.
Mientras, él conseguía un trabajo por horas en una carpintería familiar de la calle Balmes. Poco sabía del trabajo, pero le ponía ganas. Los días de sol se dedicaba a pasear trajes a medida por las Ramblas, de la Plaza Cataluña a la estatua de Colón, pagado como maniquí de una casa de modas de las de solera y renombre.
Al cabo de un tiempo, la rutina y las horas de comida eran lo único que les unía. Ella con sus dolores de espalda y la indignación por el mal trato que recibía por ser de fuera y más por no comprender el català. Él, envenenado por un trabajo que le amargaba, mostrando lo peor de la falta de libertades de unos; y los excesos y licencias que los amigos del Régimen se tomaban con todos.
Sí, se querían; pero estaban demasiado ocupados para amarse.
A principios del mes de septiembre, él ingresó en caballería. Eso suponía un extra, dejar la tienda de modas, y puede que menos horas en la carpintería. Pero no fue lo único que cambió en ese mes.
PD: Al final esto se alarga, tanto en tiempo de escritura como en espacio de post, así que por entregas... a saber como acabará este tema de ficción-no ficción y escritura compulsiva.
Los autóctonos de la ciudad condal me pueden dar apuntes si ven algún error garrafal (que los hay y habrá, seguro).



sansar dijo
Joséphine, lo dejo pa' mañana que no veo ni las teclas.
bona niiiiit!
18 Diciembre 2006 | 02:48 AM