Las bicicletas son para el verano, y los cuadernos santillana también...

Hoy he vuelto a pensar en un niño menudo, de pelo fino azabache cortado a la taza y cara de saber más de lo debido para sus 10 años. Fue mi primer amor, pero no de los de darnos las manos pegajosas y llenas de tierra mientras vemos una puesta de sol.
Era un vecino. Yo debía ser la única niña en kilómetros a la redonda, o al menos la única a la que dejaban salir a cualquier hora del día. Mi ventaja era tener 6 primos de mi edad o un año más a los que usaba como excusa o como arma disuasoria:
-si es que ellos van todos hasta la plaza...
-y ¿por qué ellos pueden y yo no? ¡¡si XXX es dos meses más pequeño que yo!!
Por no tener que confrontarme tan joven a las discriminaciones por sexo me dejaban ir. Recuerdo aquellos veranos en que me levantaba a las 9 de la mañana, cogía la bici y no volvía hasta la hora de la comida. Después me marchaba aprovechando la siesta y no aparecía hasta que era de noche.
En total eramos 9 en el grupo; pasabamos las horas muertas junto al río, a la sombra de los abedules, o metidos en el agua helada; todos debimos estar al borde del ahogamiento un par de veces ese verano. Recuerdo estar en el agua durante horas con los labios morados por el frío, temblando.
Nunca aprendí tanto sobre chicos, casi me convertí en uno de ellos. Cazábamos ranas, me enseñaron a pescar truchas sólo con las manos, hacíamos carreras de bicicletas, robábamos manzanas e incluso un día fumamos un cagarrillo entre los 9.
Ese niño de rodillas siempre heridas, pantalones sucios y zapatillas llenas de polvo vivía justo en la casa de al lado. No era exactamente del grupo de amigos de mis primos, pero siempre estaba allí. Él era quien me venía a buscar, el que gritaba mi nombre desde el patio, y silbaba mientras me esperaba. Un día no vino. Estaba enfermo.
Esa tarde me enteré de que pasaba más tiempo en cama que fuera de ella. Me dijeron que el "canijo" estaba malo, que siempre había sido un blandengue y tomaba un montón de pastillas. Repetía curso, le costaba aprender, leía muy mal y siempre le expulsaban de clase.
Al cabo de una semana volvió. Parecía mayor, ojeroso, más serio. Había envejecido, o madurado. Ya no se divertía con las piruetas y saltos desde los árboles al río. Ni siquiera se metió en el agua. Cuando volvimos a casa me dijo que no debería pasar tanto tiempo con niños, que tenía que buscarme amigas para jugar a las casitas. Me enfadó tanto que le empujé, le tiré al suelo y le pegué bien fuerte. Él me tiró del pelo y yo le retorcí una muñeca...Nunca me había peleado, pero para empezar no estuvo mal. Hasta le sangraba la nariz cuando me metí en casa. Mi cara no estaba mucho mejor, y tenía un mordisco en un brazo.
Al día siguiente no apareció y yo empecé a pasar las tardes haciendo mis cuadernos de vacaciones santillana, que tenía muy retrasados. Se pasó el verano y no volví a verle. Me dejó una nota de trazo fuerte, a lápiz y llena de faltas; en que me decía:
"espero que no te duelan mucho los moretones de cuando te pege, a mí la nariz casi ya ni lo noto mucho. Pegas muy bien como un niño, pero no esta bien que las niñas son buenas y no acen esas cosas, a mí me gustas mucho, por si nolo sabes que me gustas pero aunque seas asi mediochico y no tede asco las ranas ni miedo saltar de los árboles, que eres la niña más guay y no te enfadas cuando te tiro del pelo en la misa, ni te chivas a mi avuela de nada y eso que ablas raro y te dan pena los saltamontes cuando les arrancamos las patas. Pasalo bien en el cole yo fatal seguro pero nos vemos el año que vienes en vacaciones... "
Aún guardo la nota, no es la mejor declaración que me han hecho, pero puede que sea la más sincera.




Veli dijo
Conserva esa declaración siempre, pues es seguro que no tendrás nunca otra más valiosa que ésta...
Me ha gustado mucho el relato. :-)
5 Abril 2006 | 11:16 PM