Miedos infantiles
Un día de un mes de febrero de 1997 creo que dejé de ser una niña. Hicieron falta 4 cadáveres, pero crecí de golpe. Forma parte de esos recuerdos de niñez que sólo puedes entender ahora y que no se olvidan nunca. De esas sensaciones que recorren la espina dorsal y que a veces, en noches de insomnio, aún revives. Las sombras toman un rostro y un cuerpo, el hombre del saco se materializa.
Revives el miedo a los seres que esperan en las esquinas al final de tu calle un día de invierno, sientes el nudo en la garganta el girar la llave en el contacto, te vuelves si escuchas aproximarse a alguien a tu espalda. Son pequeñas secuelas, como las cicatrices que a veces escuecen, a pesar de llevar mucho tiempo cerradas.
A poca gente le he hablado de esta parte de mi infancia, de esta parte de mi presente. De los continuos simulacros de desalojo de la escuela, de tener miedo al salir a la calle porque hace mucho tiempo que no se sabe de ellos, tener que escrutar a tu alrededor en busca de peligros y puntos débiles, el porque de tener siempre un garaje en el que guardar el coche, la razón para mentir a tus amigos, los nuevos caminos para llegar a los lugares de siempre, las miradas recelosas de los vecinos, las prohibición inviolable de no abrir ninguna carta, ningún paquete, la costumbre de ocultar la cara y la mirada a los transeuntes, el deseo de ser invisible... eso que cuando eres pequeño no entiendes, y supones que es un simple juego de escondite, en el que buscas bajo los coches, bajo los contenedores, aunque no tienes muy claro que o quién se esconde y juega contigo.
Después de mucho tiempo, y de empezar a entender porque alguien no se sentó contigo en el bus en esa excursión, tras comprender ese abismo que separa, y nos une como caras de una moneda; empiezas a llorar, a enfadarte, a mirar a la cara a las mujeres que te dijeron un día que te fueses a tu país, a sentir lo que es el odio, a intentar odiar para no sentir el dolor, para insensibilizarte ante el miedo.
El miedo real, tangible; en forma de nombre y apellidos en una lista, seguido por horarios de salidas, de entradas, de compras de los sábados, incluso de tus clases de inglés... Ese temblor que recorre tu cuerpo cuando te cruzas con la gente que sabes que te espía, que te vigila; vuelcos del corazón al ver las noticias, y algo que dirias que son lloros de esos dos adultos que están ahí para protegerte. Esos dos que nunca tuvieron miedo a los monstruos de debajo de la cama, ni a los trolls, y menos a los fantasmas.
Y sin embargo desde hace un tiempo sospechas que tienen miedo... a tí no te lo dijeron, pero de pronto lo supiste. En un momento comprendiste miles de gestos cotidianos, reglas, advertencias...y te diste cuenta de lo ciega que estabas, de lo infantil de tus miedos, frente a una amenaza real en forma de cadáver. Ese día no ocurrió nada especial en el colegio, nada que no hubieses vivido una y mil veces, ninguna herida nueva. Pero escuchaste la radio, y por fin, comprendiste lo que es el miedo adulto, inmenso, sordo, que martillea en tus oídos, haciendo que se erice la piel. Sólo un nombre más. Ibán 4 en sólo tres días y viste a tu madre llorar, aunque lo ocultase con sus manos y con una medio sonrisa.
Supiste que tu nombre, tu vida y tu familia estaba en un papel; que sólo seguía a salvo porque ellos así lo querían. Por una cuestión de suerte, de probabilidad. Y encima miraban con la condescendencia de quien te perdonó la vida durante más de un año.
Siguieron tus paseos, tus carreras por el parque, supieron de tus problemas para aprobar las matemáticas, de todo lo que comprabas en la tienda de la esquina. Te conocían. Te estudiaron como su presa que eras. Podían haber decidido acabar en cualquier momento, sólo tuviste suerte porque otro era un blanco más fácil para ellos esa mañana de febrero. Después se les acabó el tiempo, huyeron de allí.
Desde ese día tengo pesadillas, sueño con ellos, con un tiro de gracia, con la sangre en mi cuerpo, con su sonrisa de satisfacción.



Selene dijo
Me pasa exactemente igual que a ti... Nunca me atrevo a hablar de ello, pero sé lo que es esa sensación, y el sentir a cada victima como parte de tu propia alma... porque sabes que quizás la próxima vez te toque más cerca, y sabes que no podrás hacer nada para cambiar eso...
Gracias a Dios, las cosas están un poco más calmadas. Conozco gente que dice que ésto no vale, que estamos en las mismas circunstancias o incluso que vamos a peor... No lo comparto. Dos años sin víctimas son para mí una bendición del cielo, digan lo que digan. Dos años sin nuevas familias rotas, yo doy gracias al cielo, xq siempre vivo con el miedo ese, de que un día podría ser la mía...
Un besito, y que sepas, que no estás sola, somos muchos... Muacks
1 Febrero 2006 | 02:04 AM