El Sindrome de Alienación Parental (SAP) es un síndrome emocional y cognitivo, que se plasma conductualmente en una aversión profunda del hijo, sin causas evidentes , hacia su padre (o el progenitor no-custodio). Por sus consecuencias presentes y futuras en el desarrollo del niño es un maltrato infantil grave. Este es un sindrome relativamente frecuente y no es el típico "malmeter" de toda la vida.
Psicopatologia del niño y el adolescente. VVAA
Se hizo pis en la cama la noche anterior a su partida. Hacía lo menos tres años que no le pasaba algo como eso, desde aquel verano en que por no cruzar el aterrador pasillo de la casa de la yaya Juana, se había meado un par de veces tratando de aguantar hasta que se hiciese de día.
Por la mañana, se vistió despacito, anudándose los cordones con parsimonia, con la lentitud que seguro emplean los condenados al preparar la ropa para su último paseo. En la mochila de viaje metió cosas al azar; un libro de cuentos de cuando era pequeño, la figura del oso polar de goma en actitud amenazante y un par de pelotas de tenis lisas y sin pelo de tanto estrellarlas contra la pared del patio en las horas muertas.
Antes de salir de casa tuvo que ir al baño ocho o nueve veces, algunas de ellas a vomitar el desayuno, otras, la mayoría, a mirarse en el espejo. Se lo había enseñado el médico al que fue cuando pasó lo que pasó. Cuando estuviese triste, o muy muy asustado, tenía que ir a buscarse el reflejo. Le explicó que eso se hacía porque la gente tiene miedo cuando está sola, cuando sabe que algo malo le puede pasar y no hay nadie allí para ayudarle. Por eso tenía que encontrarse, para ver que ahí estaba su imagen y que nada malo ocurriría porque ya era un niño grande y él y su reflejo podrían afrontar lo que fuese.
La verdad es que no le sirvió de consuelo, porque un niño de nueve años es sólo un niño a pesar de que lleve consigo su imagen, y más sabiendo que se iba a encontrar frente al Hombre del saco en unos minutos. Sudores y escalofríos por la espalda, la piel de gallina y esa especie de jadeo asmático se apoderaban de Pablo con la sola idea: ese Hombre le esperaba, con su barba frondosa y los ojos de fuego, alargando hacia él aquellas manos grandes y con esos gritos como truenos que recordaba de la última vez que se vieron.
Habían pasado muchos años, más de la mitad de su corta vida, y aunque había olvidado muchas cosas, guardaba en su memoria aquella forma gutural de pronunciar su nombre, reclamándole, posiblemente para meterlo en su saco y poder después hacerle polvo los huesos o asarlo a la parrilla.
Además, la yaya Juana, le había explicado como tuvieron que huír de él, porque ese Hombre terrible los había tenido presos durante años y años, portándose mal con mamá, obligándoles a hacer cosas que no querían y a dejar de hacer otras que les gustaban. Pablo había escuchado las historias de cómo escaparon y de cómo él les persiguió desde que tenía uso de razón.
Por supuesto, aunque le temía, también le odiaba. Era una bestia terrible, un gigante comeniños al que unos señores habían decidido darle a Pablo una temporada. Hoy era el día. Tiritaba en un rincón de aquella salita de espera. Miraba fijamente al suelo reluciente tratando de distinguir en él su reflejo, buscando su imagen en las baldosas para poder coger fuerzas. Cuando escuchó la puerta abrirse, y después los pasos firmes que se le acercaban, no se atrevió a levantar la vista. Sabía que era él. Podía adivinarlo por el sonido de sus zapatones contra el suelo. Entonces aparecieron aquel par de botas desgastadas, zapatos de gigante, pensó; y contuvo la respiración.
El siguiente segundo fue eterno, en total silencio, sin duda porque el Hombre del Saco estaba estudiando cuantos filetes podría sacar de él aquella primera noche. Pablo temblaba con su trocito de baldosa envuelto en lágrimas y apretaba contra el pecho la mochila, a pesar de que se le estaba clavando la esquina del libro de cuentos en el estómago. No pensaba aflojar ni hacer ningun otro movimiento que pudiese poner en marcha al Hombre del saco.
La señora que venía con él, entonces, empezó a hablar:
- Ven, Pablo, seguro que ya no te acuerdas de él, mira, este señor es tu papá.
Incrédulo y confuso, levantó la vista para encontrar esa misma barba y sus mismas manos, el mismo hombre con el mismo corpachón de gigante y sus botas de siete leguas, aunque al buscar aquellos ojos de fuego que creía recodar vio que no, que el Hombre del saco parecía haber perdido esa fiereza de la que tanto hablaban su madre y su yaya y ahora delante de él, su pequeño reflejo, sólo lloraba.
El objetivo es hacer girar un aro, con movimientos ondulantes y rítmicos, a la altura de la cintura.
Para ello lo primero es anclar firmemente los pies al suelo y colocarse en el interior del juguete sosteniéndolo con ambas manos a la altura indicada. Debe entonces soltarse el hula hoop al tiempo que se impulsa en una dirección, mientras el jugador mueve su cuerpo en el sentido contrario, tratando de contrarrestar la gravedad y buscando la horizontalidad del mismo.
Cuanto más rítmico, armónico y suave sea el movimiento, más se perpetuará el ejercicio de equilibrismo.
Instrucciones para hacer girar un hula-hoop.
Y después leo:
Uno de los primeros tratamientos propuestos contra la histeria femenina fue ideado por el mismo Hipócrates al incluir para dichas pacientes tablas de ejercicios que sirviesen para "asentar" el útero en el organismo, entre las que se encontraban el uso y "baile" del aro, hecho a base de una flexible rama de parra la cual se trenzaba y enroscaba sobre si misma hasta cerrar una circunferencia suficientemente amplia.
Una historia de la enfermedad mental. VV AA.
Y ya que estoy, un video alusivo y friki a más no poder, ¡qué mal me sienta el verano!
Entre esos límites temporales, ¿son nínfulas todas las niñas? No, desde luego. Tampoco es la belleza una piedra de toque; y la vulgaridad - o al menos lo que una comunidad determinada considera como tal- no daña forzosamente ciertas características misteriosas, la gracia letal, el evasivo, cambiante, anonadante, insidioso encanto mediante el cual la nínfula se distingue de esas contemporáneas suyas.
Lolita. Vladimir Nabokov
Su amor olía a gajos de mandarina. Con ese aroma pegajoso en los dedos que tantas veces la habían explorado en sueños y bajo la tela de aquella camisa que aún guardaba la forma de su cuerpo sobre el pecho, pasaba las horas muertas estudiando el color de las paredes.
Vivía de los instantes de cortejo de aquellos meses de invierno en que la observaba pasar por su lado sin siquiera mirarle. Apenas rozaba el suelo con sus pies y él se contentaba siguiendo las huellas que dejaba en la nieve, superponiendo las gigantescas botas a la memoria de sus delicados zapatitos marrones, fundiendo ambas en una sola. Ya en año nuevo, ocurrió lo impensable; posó en él sus pupilas azules provocando que se tambaleasen hasta los cimientos de los bancos del parque.
En los siguientes días llegaron las sonrisas, las miradas huidizas y ese hormigueo que precede a las grandes citas. Para abril ya había barrido el recuerdo de todas las anteriores. No era la primera, por supuesto, hubo otras ninfas; algunas que lo pusieron mucho más fácil, que parecían estar más dispuestas a dejarse descubrir y conquistar por él, pero ninguna era ella. No tenían ese brillo húmedo en el centro mismo del labio inferior, ni el encanto de su melena enredada en un desbarajuste rubio; quizás fuesen más perfectas en muchos sentidos, pero también menos puras.
Ella no, ella era nieve primavera, de esa caída en los últimos temporales de frío y hielo del invierno; tardía y deliciosa, frágil y etérea, de una pureza fuera de tiempo y lugar porque ya llega el sol, ya viene acechando el verano y los deshielos arrasarán con todo, convirtiendo la nieve en esa masa compacta y marrón, a dos pasos del barro y a un soplo de la depravación.
Y llegó el día, la oportunidad en forma de puerta abierta y caseta de mantenimiento apartada. No fue difícil, ella lo deseaba, alargó su mano y le siguió por el camino empedrado mientras devoraba la mandarina que le había ofrecido como regalo. Cohibida y pequeña, se dejó llevar hasta el interior como la niña obediente que siempre fue, permitiéndole despejar todas las interrogantes de su cuerpo de hada, ahogando él cada sollozo con su lengua taladradora, las manos firmes sobre los muslos para sujetarla, alzando la falda, bajando las bragas y haciéndola suya entre canciones de cuna susurradas . ¿Lloraba?, quizás lloraba, no lo sabía ni importaba demasiado, tan sólo existía su piel, su dulce olor, aquellas proporciones perfectas en un tamaño tan exiguo, las sonrosadas mejillas surcadas por lágrimas, preciosa y radiante en su desorden de mocos colgando y gotas de sangre en los calcetines. Había momentos en que parecía resistirse, pero aunque sabía que aquello podría ser demasiado, no se detuvo. Tenía que intentarlo, hacerlo, se lo pedía sin palabras, llegar hasta el final antes de que se hiciese tarde; debía probarla, enseñarle las reglas del amor y la física del deseo. Siempre quiso ser maestro y esto era lo más cerca que estaría nunca de dar una clase magistral, de las que no se olvidan jamás.
Forzó su boca tantas veces y de tantas formas que acabó por rompérsele el labio en un reguero carmesí nacido en la comisura, un daño que entonces a él le pareció horrendo, un sacrilegio que violentaba por completo su cara. Se enfadó con ella por ser tan quebradiza como para no soportar su amor, tan desagradecida que ni le miraba a la cara, tan puta como el resto, tan sucia e indigna como todas las que había confundido anteriormente con ninfas.
Hasta hacía unos minutos ella parecía ser nieve virgen en una ladera perfecta, impensable creerla madura para descender por ella pero imposible resistirse a la tentación de hacerlo. Ahora no, ahora era ese hielo que se acumula en los arcenes tras el paso del quitanieves: fea y ajada, corrupta y sin alma, tan desechable como todas las de su género, pequeñas o grandes, rubias o morenas; grotescas mujeres que siempre le despreciaban.
Como a todas, la metió en una bolsa y la bolsa a su vez en el contenedor de basura. Se había vuelto a equivocar, ella no era una ninfa: sangraba como el resto, se rompía, perdía la inocencia y al final lo abandonaba dejándole solo y con un inmundo cuerpecillo del que deshacerse entre mondas de color naranja.
El "mal inglés" es melancolía, y no obesidad en sí misma, sino que la obesidad se toma como un síntoma de un cuadro en que la melancolía, bajo estado de ánimo, ansiedad, insomnio y agitación nerviosa resultan del moderno, urbano y ocioso estilo de vida actual.
George Cheyne. (1733) The English Malady.
Mantengo mi agenda llena. Ocupo el tiempo en ir a nadar, en poner al día ciertos encargos menores, comprar nuevos libros, ordenar mi cuarto, hasta en desmontar unos estantes y sustituirlos por otros que me parezcan más fuertes y adecuados para el nuevo estado de cosas.
Trato de no estarme quieta porque no quiero engordar, o más bien porque no quiero pensar. Es por eso que no escribo, o no escribo tanto. Porque hacerlo requiere que me siente, que deje de llenar mis manos de cuentas de colores, de fichas y de puzzles y que me presente, yo sola, ante la página en blanco.
Y cuando no haya nada fuera para distraerme sé que saldrá lo de dentro, que volcaré lo que tengo en la olla a presión que es mi cabeza estos días, y eso me asusta. No es un miedo infantil a los monstruos de debajo de la cama o el hombre del saco, pero sí algo parecido a esa punzada que te sacude cuando recorres un pasillo en penumbra y te sorprendes apretando el paso hasta llegar a la zona iluminada de nuevo.
Sé que no es el momento, que debo darme una semana o dos de cuarentena y autoobservación para rebajar el torbellino emocional de mi post-examen fallido. Aunque tengo lo que parece una muy buena idea dentro de mí, hoy día es como una botella flotando en pleno mar arbolado y debo madurarlo y dejar que se alejen las borrascas antes de ponerme a ello.
Intentarlo ahora sería precipitarme, hacerlo demasiado tarde se parecería a añadir conservantes y envasar al vacío unos bollos recién horneados.
Y siempre me he considerado buena repostera.
Suponiendo que la necesidad de estructurar de inmediato todo el material que nos llega está estrechamente relacionada con las restricciones de capacidad de nuestro sistema cognitivo, podemos esperar que todos los seres humanos adopten el análisis que más parsimonioso y económico les resulte.
Es por ello que, en las llamadas "garden path sentences" que son frases con varias cláusulas complejas no relacionadas linealmente, nos vemos obligados a reconducir nuestro análisis sintáctico previo al encontrar que la proposición final cambia el sentido general de toda la experiencia.
Por ejemplo en la frase: "Pedro golpeó a la niña del jersey verde con el libro de matemáticas..." nos veríamos en la necesidad de revocar la idea de que usó el libro para agredirla al llegar a la parte final: "...con un balón que chutó desde el campo de fútbol".
Lyn Frazier. Perspectivas en el procesamiento de oraciones.
Primero fue el nudo en el estómago, después la hipotermia seguida de la hipertermia manifestada en unos coloretes atroces. Y al final, ahora mismo, la nada.
A esto se debían referir algunos de aquellos lingüistas que estudié hace tiempo. A que la tensión por querer encontrar un significado que te permita salir de la incertidumbre te hace equivocarte y te adentras en el jardín, en un lugar lleno de ramas, enmarañado y en el que el aire está, paradójicamente, viciado.
Y cuando estás en el centro mismo de ese lugar salvaje y crees que por fin todo empieza a cuadrar tal como pensabas, te topas con un camino bien delimitado y con unos carteles luminosos que indican que ibas en la dirección errónea todo el tiempo.
Y es ahora cuando debes empezar a plantearte qué viste realmente en aquellos signos difusos que te enviaron al sur cuando tú creías ir al norte. Rebobinas la secuencia de acontecimientos y la reescribes cambiando la perspectiva hasta comprender qué es lo que ha pasado.
Así, al final, aprendes de ello y aunque te enfadas por tu mal juicio, respiras, por extraño que parezca, mucho más tranquila.
Porque quizá, y sólo quizá, era la incertidumbre misma la que te empujaba en busca de respuestas. Y ahora, ya alejada del jardín, las tienes todas.
Alguien que sufrió depresión me dijo una vez que su terapeuta le había animado a ir contando chimeneas por la calle cuando se sintiese mal, ya que así aumentaría la cantidad de luz que entraba a través de sus ojos. Puse aquella sugerencia en una tarjeta que después distribuí en barrios de clase obrera de las afueras de Bristol.
Si estás triste deberías probar a contar chimeneas.
Tus ojos tienen receptores fotosensibles especializados que envían sus impresiones sobre los niveles de luz a una glándula de tu cerebro llamada glándula pineal.
En la oscuridad la glándula pineal produce melatonina, una hormona que causa somnolencia. La luz del día inhibe su secrección.
Elevando tu campo de visión a la altura de las chimeneas tu cuerpo será capaz de mejorar tu humor.
El truco ya lo conocía, pero la tarjeta tal y como la ha hecho Alex Ostrowsky y todo lo demás que aparece en su página, simplemente, ¡me encanta!
No hay una palabra para nombrarlos. Me lo dijo un paciente durante una sesión. Se había pasado tres días buscando en enciclopedias, en google y en muchos diccionarios. Existen los viudos y los huérfanos pero no encontró un término para los padres de hijos muertos.
Estaba indignado. En la fase de Ira de Kubler-Ross que dirían los académicos.
Y al final, con todos esos padres huérfanos lo único que me ha funcionado en terapia a lo largo de estos años es la confrontación, ¿sabes? Tú puedes ser Aaron Beck en persona, pero llegados a cierto punto lo único que cabe es preguntarles si quieren vivir. Así de simple.
La mayoría acaba admitiendo que no sabe como hacerlo ni por donde empezar, pero que quiere seguir, aunque sea entre lloros, temblando y hechos una mierda. Con eso es suficiente. Podemos empezar a trabajar para recomponer esas vidas.
En otros casos, una minoría contestará que no desea vivir. Si es así no queda más que indicarles donde está la puerta. No hay nada que puedas decir a los que han muerto en vida. Nada que les resucite.
Dicho por mi fuente particular de sabiduría psicológica.
Llevo ya ni sé....bueno, sí sé, dos meses justos desde que lo dejé. Al principio era liberador, mucho, y me sentía en plena forma, como si por fin pudiese aprovechar todas las horas que antes pasaba en ese mal vicio. Hacía planes, forraba ideas, daba un pespunte a alguna hoja de parra y hasta dormía lo estipulado por ley. Después llegó el vacío. Y por eso, por eso estoy aquí, con este, este y este.
Prometo que sólo pasaré un ratito, un par de capítulos, y sin tomar notas. Despues lo dejo, lo juro, que sí, que yo puedo... vaya por Dios, recayendo...
por ahora poco más que un rompecabezas en proceso de construcción y reconstrucción continua. Aún no he escogido mi decoración definitiva... en fase de pruebas estoy PD: se agradecen los comentarios, asi que ya sabeis...