La Coctelera

aprendiendo del mundo

Categoría: lo que el viento se llevo (y en mi mente se quedó)

21 Octubre 2009

el moderno hombre del saco

El Sindrome de Alienación Parental (SAP) es un síndrome emocional y cognitivo, que se plasma conductualmente en una aversión profunda del hijo, sin causas evidentes , hacia su padre (o el progenitor no-custodio). Por sus consecuencias presentes y futuras en el desarrollo del niño es un maltrato infantil grave. Este es un sindrome relativamente frecuente y no es el típico "malmeter" de toda la vida.

Psicopatologia del niño y el adolescente. VVAA

 

Se hizo pis en la cama la noche anterior a su partida. Hacía lo menos tres años que no le pasaba algo como eso, desde aquel verano en que por no cruzar el aterrador pasillo de la casa de la yaya Juana, se había meado un par de veces tratando de aguantar hasta que se hiciese de día.

Por la mañana, se vistió despacito, anudándose los cordones con parsimonia, con la lentitud que seguro emplean los condenados al preparar la ropa para su último paseo. En la mochila de viaje metió cosas al azar; un libro de cuentos de cuando era pequeño, la figura del oso polar de goma en actitud amenazante y un par de pelotas de tenis lisas y sin pelo de tanto estrellarlas contra la pared del patio en las horas muertas.

Antes de salir de casa tuvo que ir al baño ocho o nueve veces, algunas de ellas a vomitar el desayuno, otras, la mayoría, a mirarse en el espejo. Se lo había enseñado el médico al que fue cuando pasó lo que pasó. Cuando estuviese triste, o  muy muy asustado, tenía que ir a buscarse el reflejo. Le explicó que eso se hacía porque la gente tiene miedo cuando está sola, cuando sabe que algo malo le puede pasar y no hay nadie allí para ayudarle. Por eso tenía que encontrarse, para ver que ahí estaba su imagen y que nada malo ocurriría porque ya era un niño grande y él y su reflejo podrían afrontar lo que fuese.

La verdad es que no le sirvió de consuelo, porque un niño de nueve años es sólo un niño a pesar de que lleve consigo su imagen, y más sabiendo que se iba a encontrar frente al Hombre del saco en unos minutos. Sudores y escalofríos por la espalda, la piel de gallina y esa especie de jadeo asmático se apoderaban de Pablo con la sola idea: ese Hombre le esperaba, con su barba frondosa y los ojos de fuego, alargando hacia él aquellas manos grandes y con esos gritos como truenos que recordaba de la última vez que se vieron.

Habían pasado muchos años, más de la mitad de su corta vida, y aunque había olvidado muchas cosas, guardaba en su memoria aquella forma gutural de pronunciar su nombre, reclamándole, posiblemente para meterlo en su saco y poder después hacerle polvo los huesos o asarlo a la parrilla.

Además, la yaya Juana, le había explicado como tuvieron que huír de él, porque ese Hombre terrible los había tenido presos durante años y años, portándose mal con mamá, obligándoles a hacer cosas que no querían y a dejar de hacer otras que les gustaban. Pablo había escuchado las historias de cómo escaparon y de cómo él les persiguió desde que tenía uso de razón.

Por supuesto, aunque le temía, también le odiaba. Era una bestia terrible, un gigante comeniños al que unos señores habían decidido darle a Pablo una temporada. Hoy era el día. Tiritaba en un rincón de aquella salita de espera. Miraba fijamente al suelo reluciente tratando de distinguir en él su reflejo, buscando su imagen en las baldosas para poder coger fuerzas. Cuando escuchó la puerta abrirse, y después los pasos firmes que se le acercaban, no se atrevió a levantar la vista. Sabía que era él. Podía adivinarlo por el sonido de sus zapatones contra el suelo. Entonces aparecieron aquel par de botas desgastadas, zapatos de gigante, pensó; y contuvo la respiración.

El siguiente segundo fue eterno, en total silencio, sin duda porque el Hombre del Saco estaba estudiando cuantos filetes podría sacar de él aquella primera noche. Pablo temblaba con su trocito de baldosa envuelto en lágrimas y apretaba contra el pecho la mochila, a pesar de que se le estaba clavando la esquina del libro de cuentos en el estómago. No pensaba aflojar ni hacer ningun otro movimiento que pudiese poner en marcha al Hombre del saco.

La señora que venía con él, entonces, empezó a hablar:

- Ven, Pablo, seguro que ya no te acuerdas de él, mira, este señor es tu papá.

Incrédulo y confuso, levantó la vista para encontrar esa misma barba y sus mismas manos, el mismo hombre con el mismo corpachón de gigante y sus botas de siete leguas, aunque al buscar aquellos ojos de fuego que creía recodar vio que no, que el Hombre del saco parecía haber perdido esa fiereza de la que tanto hablaban su madre y su yaya y ahora delante de él, su pequeño reflejo, sólo lloraba.

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8 Agosto 2009

(im)perfecta

Antes me obsesionaba con facilidad. Podía pasarme semanas pensando qué había en mí o qué faltaba, qué cosa podía ser esa tan imprescindible y de la que yo carecía. Hacía malabares con los kilos, las modas y los gestos. Cambiaba de peinado y me mordía la lengua por cualquiera. Deseaba ser lo que otros querían que fuese.

Hoy eso ya no importa, porque podría hipnotizar a cualquiera con el solo bamboleo de este cuerpo plagado de zonas a eliminar, de curvas y rectas que los cirujanos estarían dispuestos a cortar, aspirar o estirar sin dudar demasiado. Deslumbro gracias a que no estoy bronceada al estilo actual y me permito llorar porque no hay un maquillaje al borde del desastre.

Ahora que ya no es antes, que por fin me he encontrado en los posos del café, que me completo y me desbordo, me puedo reír sin miedos. Es la perfección esa trampa para niñas buenas, esa producción en serie de objetos decorativos insulsos que despiertan ovaciones y levantan muros translúcidos.

Soy tan defectuosa, tan llena de matices y marcas, de pelos que no he sabido depilar, uñas desconchadas y pies doloridos de tanto deambular que podría encandilar a cualquiera. Además sudo y a veces me duermo en el cine. Otras me sienta mal la comida y me paso el día yendo y viniendo del baño. No es lo políticamente correcto, pero es de verdad. Hablo un inglés terrorífico y aunque guardo de todo en el bolso que nadie espere que tenga tiritas. Me pongo insoportable con dos vinos, lloro con el más mínimo atisbo de humo en el ambiente y conduzco de milagro. He robado en alguna tienda, uso palillos y después del primer trago de cocacola eructo o reviento.

En definitiva: llena de pegas y pecas, de fallos y callos, de errores y horrores. Completamente desparejada y con un pensamiento peregrino, dueña de una voz perezosa y unas piernas que nacieron siendo torpes y feas. Tan imperfecta como cualquiera; única en mis defectos.

Resumiendo, estoy encantada de ser yo.

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20 Julio 2009

cambio climático

Intento desencadenar ciertas reacciones, bombardearte con iones que rompan este maldito equilibrio, este mar callado y la ausencia en mi orilla de tu oleaje. Quizás podría encaramarme a la luna para zarandearla y así obligar a que suba tu marea hasta mi boca; o atravesando esta playa cada vez más llena de arena, llegue al fin a la humedad salada de tus dedos.

Tendría que entender el significado de los silencios, lo que quieres decir cuando no dices nada y desvías la vista; debería comprender que la deriva de los continentes nos ha separado, pero pienso a veces que hay formas de arreglar lo que se ha roto, que las grietas podrían ser futuras cicatrices y las distancias sólo un espejismo transitorio debido a la deshidratación y el sol del verano.

Aun sabiendo que desandar caminos ya borrados es complicado, propongo acciones que aplaquen esta desertización que instala abismos de dunas entre nosotros. Lo que me ocurre es lo de siempre, esa incomprensión y extrañeza, la búsqueda de respuestas y abrazos sinceros; lo que sucede es que comienzo a entender que no puedo guardar el océano en un cubo de plástico.

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8 Julio 2009

querer

- En realidad no te quiero, pero me gustaría llegar a quererte. Despertar un día sintiéndote así, de esa misma forma en que se me agarran al pescuezo todas las emociones que son importantes, cortándome la respiración y provocando que todo el peso del mundo descanse sobre mis hombros. Quizás no el del planeta entero, pero sí el del tuyo particular; y que me obsesionen tus neuras y haga cosas a solas y sin que tú lo sepas, rutinas que no importen, pequeñas y pueriles, sólo porque sé que preferirías que así fuesen.
Me refiero a tonterías, a darle la vuelta a todos mis calcetines y después hacer pelotillas con cada par antes de meterlos en el cajón, o a poner machaconamente esa melodía de violines para quedarme dormido por las noches. Te quiero querer y me estoy esforzando para conseguirlo.

En algún punto del medio del nudo, tirando hacia el fondo a la izquierda de la resolución de esa historia que estoy tejiendo, va esto. Y no me disgusta del todo.

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5 Junio 2009

nieve virgen

Entre esos límites temporales, ¿son nínfulas todas las niñas? No, desde luego. Tampoco es la belleza una piedra de toque; y la vulgaridad - o al menos lo que una comunidad determinada considera como tal- no daña forzosamente ciertas características misteriosas, la gracia letal, el evasivo, cambiante, anonadante, insidioso encanto mediante el cual la nínfula se distingue de esas contemporáneas suyas.

 Lolita. Vladimir Nabokov

Su amor olía a gajos de mandarina. Con ese aroma pegajoso en los dedos que tantas veces la habían explorado en sueños y bajo la tela de aquella camisa que aún guardaba la forma de su cuerpo sobre el pecho, pasaba las horas muertas estudiando el color de las paredes.

Vivía de los instantes de cortejo de aquellos meses de invierno en que la observaba pasar por su lado sin siquiera mirarle. Apenas rozaba el suelo con sus pies y él se contentaba siguiendo las huellas que dejaba en la nieve, superponiendo las gigantescas botas a la memoria de sus delicados zapatitos marrones, fundiendo ambas en una sola. Ya en año nuevo, ocurrió lo impensable; posó en él sus pupilas azules provocando que se tambaleasen hasta los cimientos de los bancos del parque.

En los siguientes días llegaron las sonrisas, las miradas huidizas y ese hormigueo que precede a las grandes citas. Para abril ya había barrido el recuerdo de todas las anteriores. No era la primera, por supuesto, hubo otras ninfas; algunas que lo pusieron mucho más fácil, que parecían estar más dispuestas a dejarse descubrir y conquistar por él, pero ninguna era ella. No tenían ese brillo húmedo en el centro mismo del labio inferior, ni el encanto de su melena enredada en un desbarajuste rubio; quizás fuesen más perfectas en muchos sentidos, pero también menos puras.

Ella no, ella era nieve primavera, de esa caída en los últimos temporales de frío y hielo del invierno; tardía y deliciosa, frágil y etérea, de una pureza fuera de tiempo y lugar porque ya llega el sol, ya viene acechando el verano y los deshielos arrasarán con todo, convirtiendo la nieve en esa masa compacta y marrón, a dos pasos del barro y a un soplo de la depravación.

Y llegó el día, la oportunidad en forma de puerta abierta y caseta de mantenimiento apartada. No fue difícil, ella lo deseaba, alargó su mano y le siguió por el camino empedrado mientras devoraba la mandarina que le había ofrecido como regalo. Cohibida y pequeña, se dejó llevar hasta el interior como la niña obediente que siempre fue, permitiéndole despejar todas las interrogantes de su cuerpo de hada, ahogando él cada sollozo con su lengua taladradora, las manos firmes sobre los muslos para sujetarla, alzando la falda, bajando las bragas y haciéndola suya entre canciones de cuna susurradas . ¿Lloraba?, quizás lloraba, no lo sabía ni importaba demasiado, tan sólo existía su piel, su dulce olor, aquellas proporciones perfectas en un tamaño tan exiguo, las sonrosadas mejillas surcadas por lágrimas, preciosa y radiante en su desorden de mocos colgando y gotas de sangre en los calcetines.  Había momentos en que parecía resistirse, pero aunque sabía que aquello podría ser demasiado, no se detuvo. Tenía que intentarlo, hacerlo, se lo pedía sin palabras, llegar hasta el final antes de que se hiciese tarde; debía probarla, enseñarle las reglas del amor y la física del deseo. Siempre quiso ser maestro y esto era lo más cerca que estaría nunca de dar una clase magistral, de las que no se olvidan jamás.

Forzó su boca tantas veces y de tantas formas que acabó por rompérsele el labio en un reguero carmesí nacido en la comisura, un daño que entonces a él le pareció horrendo, un sacrilegio que violentaba por completo su cara. Se enfadó con ella por ser tan quebradiza como para no soportar su amor, tan desagradecida que ni le miraba a la cara, tan puta como el resto, tan sucia e indigna como todas las que había confundido anteriormente con ninfas.

Hasta hacía unos minutos ella parecía ser nieve virgen en una ladera perfecta, impensable creerla madura para descender por ella pero imposible resistirse a la tentación de hacerlo. Ahora no, ahora era ese hielo que se acumula en los arcenes tras el paso del quitanieves: fea y ajada, corrupta y sin alma, tan desechable como todas las de su género, pequeñas o grandes, rubias o morenas; grotescas mujeres que siempre le despreciaban.

Como a todas, la metió en una bolsa y la bolsa a su vez en el contenedor de basura. Se había vuelto a equivocar, ella no era una ninfa: sangraba como el resto, se rompía, perdía la inocencia y al final lo abandonaba dejándole solo y con un inmundo cuerpecillo del que deshacerse entre mondas de color naranja.

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1 Junio 2009

leche con galletas

Dos tramos de escaleras, a docena por tramo, hacen un total de veinticuatro escalones de distancia entre nosotros. Eso, por supuesto, sin contar el peldaño de la entrada en que tu madre plantaba la maceta del geranio blanco todos los años por estas fechas.

Algo que me fascinaba era eso de que tu puerta diese directamente a la cocina, sin un recibidor de por medio. Y allí, los vasos blancos con tropezones de colacao flotando  y las galletas maría expuestas en un plato como si fuesen delicadas pastas danesas. La cena para los dos. Cogíamos en una mano el vaso y en la otra aprisionábamos una columna de galletas redondas. Después,  corríamos de habitación en habitación, porque en esa casa no había un pasillo, y tras el salón, comedor y dormitorio principal, llegábamos al mar.

En realidad era una terraza ganada a las rocas de la costa, y desde ella, si evitabas mirar hacia abajo y olvidabas el olor a fritos de los chiringuitos de chipirones y gambas,  sólo verías el Atlántico tragándose al Sol cada noche.

Comíamos los dos en silencio y sólo se oían los crujidos a ritmo de nuestras mandíbulas  y el sorber de quien quiere aprovechar todos los grumos chocolateados, verdadero secreto del éxito del colacao. Hablábamos poco, quizás porque yo estaba demasiado ocupada asimilando el concepto de horizonte, cosa que para una niña de cinco años es tarea compleja.

A veces me hacías un gesto señalando a un par de gaviotas que se peleaban en vuelo o algún barco que volvía al muelle antes de tiempo y yo me quedaba con la boca entreabierta y los ojos entornados mirando a lo lejos, en busca de eso que tú me descubrías pero que no encontraba.

Lo mejor de ser nosotros entonces es que no veíamos lo mismo que el resto; lo malo, que no me daba cuenta de lo que andaba mal en ti y de porque los demás niños de la barriada del puerto no querían ser nuestros amigos. Después ya sí, pero eso fue en tu cumpleaños, cuando vi que soplabas 27 velas y pensé que quizá eras demasiado grande hasta para ser un chico.

Tags: recuerdos

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11 Abril 2009

profecías cumplidas S.L

Había un cartel roído por la lluvia sobre la puerta, del cual no podrían ni sacarse un par de letras enrevesadas por más que entornásemos los ojos. Quizá estuviese así aposta, para crear el ambiente adecuado, la decoración y atmósfera que se espera de un negocio semioculto como era el de Margot.

Ejercía de dueña, dependienta y mujer de la limpieza a un mismo tiempo, aunque nada de eso extrañaba porque parecía ser capaz de aquello y mucho más. Era una gran dama en el sentido literal del término y su trasero dominicano se cimbreaba de arriba abajo sin cesar, mientras su piel chocolate, envuelta en ropas chillonas bien surtidas de colores y abalorios cascabeleros, se empeñaba en ser la fuente de luz principal de aquella anacrónica estancia.

Por todas partes los libros formando columnas, cajas sin desembalar, montones de lo que parecían ser cartas por leer y hasta dos jaulas de bambú habitadas por el espacio que dejan los pajarillos domésticos al morir, con alpiste y plumones flotando en el ambiente. Y al fondo, en una trastienda improvisada por dos biombos bastante desafortunados, la mesa camilla.

Se hacían en aquella modesta tienda todo tipo de remedios caseros para el mal de amores, recetas para terminar con las ojerizas, olvidar a los muertos y encontrar la felicidad, pero lo que mantenía realmente vivo el negocio era lo que ocurría en torno a aquella mesa de faldones pesados.

No es que en esta ciudad fuesen más proclives al ocultismo de lo que cabría esperar de un lugar tradicional, provinciano y poco instruído, sin embargo,"La Negra Margot" fue visitada a lo largo de los años por la práctica totalidad del pueblo.

Aquella mujer, digna representante de los santeros y mensajeros en línea directa con los dioses, y a la cual no parecería extraño ver en trance o descabezando pollos en un rito afro-caribeño con falda blanca y turbante incluído; aquella mujer, en realidad, tan sólo echaba las cartas para mantener la ilusión y dejar satisfechos a sus clientes.

Lo que ella hacía no precisaba de naipes, bolas de cristal u otros chismes fabulosos. No es que viese el futuro o contactase con los  espíritus de los  muertos. Margot simplemente ayudaba a cumplir sueños. 

Miraba dentro de la gente y allí encontraba lo que les angustiaba, lo que amaban, lo que deseaban con toda su alma y después lo único que debía hacer era incentivarlo, darles la frase de aliento necesaria, el empujón que les lanzase a la vida.

El mundo está plagado de seres miedosos que anhelan una excusa que les permita despreocuparse, como si no estuviese en sus manos el decidir. Eso es lo que les proporcionaba "La negra Margot", el convencimiento de que algo pasaría hiciesen lo que hiciesen, y eso, paradojicamente, eliminaba sus ansiedades, y entonces invitaban a aquel chico del bar a una copa, pedían el divorcio sin mediar palabra o abandonaban su monótono trabajo de oficina sin pensarlo demasiado. 

Y aunque no todo está escrito (quizá nada lo esté), ellos mismos, uno a uno, se encargaban de ir materializando sus profecías y hacer de aquella mulata dominicana de presencia imponente una pitonisa infalible, a pesar de que nunca jamás haya tenido visiones sobre el futuro.

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28 Noviembre 2008

doce años

La vida es dura para los que tienen doce años.
No importa lo que digan en televisión, ni lo que traten de venderte desde los libros de cuentos. Tener doce es querer y no poder, tratar de hablar y que te callen, levantar la mano y ser ignorado.
Tener doce años es complicado, pero aún más difícil debe ser quedarse en ellos para siempre y no alcanzar nunca los trece, ni los quince, los diecisiete o los ochenta y tres. A Bruno le ocurre exactamente eso.
Ha cumplido ya los treinta pero es imposible separarle de su BH, una de aquellas bicicletas con una bisagra en el cuadro para llevarla plegada en el coche familiar cuando se iba a la playa. Es una de esas bicis todoterreno de cuando todavía no nos habían contado que existía algo llamado mountain bike y podíamos soñar que todo era posible si pedaleábamos con suficiente empeño.

Bruno acostumbraba a subir a toda prisa la cuesta que viene de la aldea, como si fuese un muñequito de cuerda, moviendo esas piernas robustas que no conocieron jamás los beneficios de un piñon pequeño y un plato grande para afrontar los puertos de montaña y, al llegar al cruce, posaba la pata de apoyo sobre la grava y descansaba.
A veces malgastaba horas en ese mismo lugar, pequeña escapatoria que da la pista de tierra en su ascenso continuo a ninguna parte, y permanecía mirando a no se sabe bien donde entre la maraña de pinos y robles que pueblan las fincas cercanas. Tanto se abstraía, que con el paso de los minutos aún aferrado al manillar y a horcajadas, se le iba entreabriendo la boca y perdía dirección y fuerza su mirada. Y allí se quedaba, por tiempo indefinido, en un trance bobo.

Hubo épocas en que esa era su rutina. Pero ya no. Desde hace tiempo, desde que se quedó solo con su madre, se le ve taciturno y murmurador por las callejuelas y caminos, hablando para si en voz muy baja y siempre a pie y muy serio.

Un día me asaltó en un recodo del sendero y me aseguró que ya no es un niño. No puede serlo más porque su padre se fue y le dejó encargado a él de todo. Por eso ha aparcado su infancia, como la BH, en un rincón del patio.
Ahora es un hombre y se está esforzando mucho por hacerlo bien. Me dice que ha conseguido un libro de esos de normas de circulación, y cada tarde, a la hora en que antes estudiaba el zarandeo de los árboles, se encierra en el garaje y, sentado en el antiguo coche de su padre, intenta adivinar como ponerlo en marcha.

Tenía la familia un viejo cuatro latas azul de tracción chirriante que a duras penas pasaba la revisión anual de la itv. Está parado desde el día del funeral, allá por el 2002 pero Bruno, como todos los niños, no ve imposibles muchas cosas en las que los demás no creemos.
Y quizá por eso sueña cada tarde que un día conseguirá arrancar el oxidado motor y se dirigirá a Bayona con su madre. Y mientras ese día no llega, y por si acaso entonces se olvidase, me pidió ayuda para meter en el maletero su BH plegada.
Porque nunca se sabe...

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por ahora poco más que un rompecabezas en proceso de construcción y reconstrucción continua. Aún no he escogido mi decoración definitiva... en fase de pruebas estoy PD: se agradecen los comentarios, asi que ya sabeis...

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