Categoría: lo que el viento se llevo (y en mi mente se quedó)
18 Enero 2010

Somos los muchachos de la Tierra que vamos por el mundo con las manos unidas
porque no queremos que otra guerra envenene las noches y ensangrente los días...
Oración de Benposta "Ciudad de los Muchachos"
El país de Nunca Jamás existió no muy lejos de aquí.
En él los fuertes y poderosos sostenían a los más pequeños y frágiles sobre sus hombros y eran los niños quienes tomaban las grandes decisiones. No importaba demasiado quien habías sido fuera, si eras alto o rubio o no hablabas inglés, allí serías ciudadano de un país cuya única ley fundamental era la fantasía.
Tenían su moneda, sus elecciones, ayuntamiento y agentes de policía electos. Había obligaciones, clases y horas de estudio, normas y códigos de honor; pero también camas elásticas, trapecios, caballos, disfraces, volteretas y purpurinas.
Y estaba el Poliedro, por supuesto. Una carpa semiesférica en medio de un claro del bosque. Dentro, el más difícil todavía aplicado al arte de la ilusión, los ojos como platos, las mallas coloridas, las ovaciones entre el miedo y el asombro y los golpes amortiguados por colchonetas de doble grosor.Cuando era pequeña a menudo pensaba en escaparme con aquel Circo.
Después resultó que los que acabaron fugándose fueron el Circo y los ideales de si mismos. Resultó que los niños se usaron como moneda de cambio, que la codicia y la tristeza descoloró el rojo brillante de las tejas y borró los murales hechos con pintura de dedos. Todo se impregnó poco a poco del triste aire que destila la mediocridad adulta.
Ahora sólo queda el recuerdo de aquella utopía ya trasnochada, el esqueleto de una gigantesca ballena de fantasías e ilusiones que se oxida, varada en la ladera de una montaña.
servido por srta desconocida
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31 Diciembre 2009
Es tiempo de acurrucarse bajo las mantas y explicarnos bajito qué tal nos ha ido el día, cómo se han portado las estaciones en este último asalto.
Podría contarlo de forma que te rieses sin parar, o quizás narrarte un cuento triste en que acabe despeinada y confusa sin entender lo que ocurre. Otra opción es callármelo todo, envolverlo en plástico de burbujas y regalarte el sobrante para que calmes así tu ansiedad. Ninguna de esas historias sería la verdad. Ni con miles de listas, inventarios o facturas se reflejaría todo lo que fue.
Para ser sincera, te hablaré de lo importante, de lo fundamental que he descubierto en este tiempo en que he seguido tan alejada de ti.
Los días se me van mezclando, diluyendo, enredados, perdiéndose la mente entre las semanas, los meses y las fiestas de guardar hasta convertirse en un discurrir de minutos y horas sin sentido, igual que lo son los kilómetros de una autopista ya cien veces recorrida.
Quizás la adultez deba ser esto, un pasar sin pena ni gloria, un sentarse a ver los días y las gentes correr. Puede que hacerse grande consistiese en algo así, en relativizar y que nada fuera para tanto, que los extremismos se acaben y todo se modere hasta confundirse el blanco y el negro con las manchas pardas que anidaban en tus pupilas.
Pero no te preocupes, yo aún soy tu niña, me visto de colores y jamás pienso más que en lo que dirías si me vieses. Solo eso. Me asomo a los precipicios con precaución pero me divierte lanzar piedras aunque no se las escuche llegar al fondo. Olvido casi siempre los paraguas en las esquinas y no me resisto a propagar una pandemia del optimismo irracional entre los que me rodean.
A veces tiemblo, no lo niego, a veces los abismos me asustan y pienso que es fácil despeñarse, que es posible el desastre y que quizás me estoy arriesgando innecesariamente exponiendo siempre el corazon a la intemperie. No sé hacer las cosas de otro modo; no sé fingir orgasmos ni estornudar discretamente, no aprendí a dar las gracias por las heridas ni a dormirme en lo mejor de la película.
Ha pasado otro año y tú continuas siendo mi excusa para hacer resumen, para contarte al oído que he sido muy buena y me merezco lo que me regalen, que confío en el mañana y en la oscuridad, en la negrura de ese abismo en que te encuentras y desde el que me sostienes. Sonríes siempre, aunque yo como una estúpida me emocione viendo el resumen de la jornada de liga, aún hoy todavía.
PD: Feliz año nuevo!
servido por srta desconocida
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21 Octubre 2009
El Sindrome de Alienación Parental (SAP) es un síndrome emocional y cognitivo, que se plasma conductualmente en una aversión profunda del hijo, sin causas evidentes , hacia su padre (o el progenitor no-custodio). Por sus consecuencias presentes y futuras en el desarrollo del niño es un maltrato infantil grave. Este es un sindrome relativamente frecuente y no es el típico "malmeter" de toda la vida.
Psicopatologia del niño y el adolescente. VVAA
Se hizo pis en la cama la noche anterior a su partida. Hacía lo menos tres años que no le pasaba algo como eso, desde aquel verano en que por no cruzar el aterrador pasillo de la casa de la yaya Juana, se había meado un par de veces tratando de aguantar hasta que se hiciese de día.
Por la mañana, se vistió despacito, anudándose los cordones con parsimonia, con la lentitud que seguro emplean los condenados al preparar la ropa para su último paseo. En la mochila de viaje metió cosas al azar; un libro de cuentos de cuando era pequeño, la figura del oso polar de goma en actitud amenazante y un par de pelotas de tenis lisas y sin pelo de tanto estrellarlas contra la pared del patio en las horas muertas.
Antes de salir de casa tuvo que ir al baño ocho o nueve veces, algunas de ellas a vomitar el desayuno, otras, la mayoría, a mirarse en el espejo. Se lo había enseñado el médico al que fue cuando pasó lo que pasó. Cuando estuviese triste, o muy muy asustado, tenía que ir a buscarse el reflejo. Le explicó que eso se hacía porque la gente tiene miedo cuando está sola, cuando sabe que algo malo le puede pasar y no hay nadie allí para ayudarle. Por eso tenía que encontrarse, para ver que ahí estaba su imagen y que nada malo ocurriría porque ya era un niño grande y él y su reflejo podrían afrontar lo que fuese.
La verdad es que no le sirvió de consuelo, porque un niño de nueve años es sólo un niño a pesar de que lleve consigo su imagen, y más sabiendo que se iba a encontrar frente al Hombre del saco en unos minutos. Sudores y escalofríos por la espalda, la piel de gallina y esa especie de jadeo asmático se apoderaban de Pablo con la sola idea: ese Hombre le esperaba, con su barba frondosa y los ojos de fuego, alargando hacia él aquellas manos grandes y con esos gritos como truenos que recordaba de la última vez que se vieron.
Habían pasado muchos años, más de la mitad de su corta vida, y aunque había olvidado muchas cosas, guardaba en su memoria aquella forma gutural de pronunciar su nombre, reclamándole, posiblemente para meterlo en su saco y poder después hacerle polvo los huesos o asarlo a la parrilla.
Además, la yaya Juana, le había explicado como tuvieron que huír de él, porque ese Hombre terrible los había tenido presos durante años y años, portándose mal con mamá, obligándoles a hacer cosas que no querían y a dejar de hacer otras que les gustaban. Pablo había escuchado las historias de cómo escaparon y de cómo él les persiguió desde que tenía uso de razón.
Por supuesto, aunque le temía, también le odiaba. Era una bestia terrible, un gigante comeniños al que unos señores habían decidido darle a Pablo una temporada. Hoy era el día. Tiritaba en un rincón de aquella salita de espera. Miraba fijamente al suelo reluciente tratando de distinguir en él su reflejo, buscando su imagen en las baldosas para poder coger fuerzas. Cuando escuchó la puerta abrirse, y después los pasos firmes que se le acercaban, no se atrevió a levantar la vista. Sabía que era él. Podía adivinarlo por el sonido de sus zapatones contra el suelo. Entonces aparecieron aquel par de botas desgastadas, zapatos de gigante, pensó; y contuvo la respiración.
El siguiente segundo fue eterno, en total silencio, sin duda porque el Hombre del Saco estaba estudiando cuantos filetes podría sacar de él aquella primera noche. Pablo temblaba con su trocito de baldosa envuelto en lágrimas y apretaba contra el pecho la mochila, a pesar de que se le estaba clavando la esquina del libro de cuentos en el estómago. No pensaba aflojar ni hacer ningun otro movimiento que pudiese poner en marcha al Hombre del saco.
La señora que venía con él, entonces, empezó a hablar:
- Ven, Pablo, seguro que ya no te acuerdas de él, mira, este señor es tu papá.
Incrédulo y confuso, levantó la vista para encontrar esa misma barba y sus mismas manos, el mismo hombre con el mismo corpachón de gigante y sus botas de siete leguas, aunque al buscar aquellos ojos de fuego que creía recodar vio que no, que el Hombre del saco parecía haber perdido esa fiereza de la que tanto hablaban su madre y su yaya y ahora delante de él, su pequeño reflejo, sólo lloraba.
servido por srta desconocida
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8 Agosto 2009
Antes me obsesionaba con facilidad. Podía pasarme semanas pensando qué había en mí o qué faltaba, qué cosa podía ser esa tan imprescindible y de la que yo carecía. Hacía malabares con los kilos, las modas y los gestos. Cambiaba de peinado y me mordía la lengua por cualquiera. Deseaba ser lo que otros querían que fuese.
Hoy eso ya no importa, porque podría hipnotizar a cualquiera con el solo bamboleo de este cuerpo plagado de zonas a eliminar, de curvas y rectas que los cirujanos estarían dispuestos a cortar, aspirar o estirar sin dudar demasiado. Deslumbro gracias a que no estoy bronceada al estilo actual y me permito llorar porque no hay un maquillaje al borde del desastre.
Ahora que ya no es antes, que por fin me he encontrado en los posos del café, que me completo y me desbordo, me puedo reír sin miedos. Es la perfección esa trampa para niñas buenas, esa producción en serie de objetos decorativos insulsos que despiertan ovaciones y levantan muros translúcidos.
Soy tan defectuosa, tan llena de matices y marcas, de pelos que no he sabido depilar, uñas desconchadas y pies doloridos de tanto deambular que podría encandilar a cualquiera. Además sudo y a veces me duermo en el cine. Otras me sienta mal la comida y me paso el día yendo y viniendo del baño. No es lo políticamente correcto, pero es de verdad. Hablo un inglés terrorífico y aunque guardo de todo en el bolso que nadie espere que tenga tiritas. Me pongo insoportable con dos vinos, lloro con el más mínimo atisbo de humo en el ambiente y conduzco de milagro. He robado en alguna tienda, uso palillos y después del primer trago de cocacola eructo o reviento.
En definitiva: llena de pegas y pecas, de fallos y callos, de errores y horrores. Completamente desparejada y con un pensamiento peregrino, dueña de una voz perezosa y unas piernas que nacieron siendo torpes y feas. Tan imperfecta como cualquiera; única en mis defectos.
Resumiendo, estoy encantada de ser yo.
servido por srta desconocida
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20 Julio 2009
Intento desencadenar ciertas reacciones, bombardearte con iones que rompan este maldito equilibrio, este mar callado y la ausencia en mi orilla de tu oleaje. Quizás podría encaramarme a la luna para zarandearla y así obligar a que suba tu marea hasta mi boca; o atravesando esta playa cada vez más llena de arena, llegue al fin a la humedad salada de tus dedos.
Tendría que entender el significado de los silencios, lo que quieres decir cuando no dices nada y desvías la vista; debería comprender que la deriva de los continentes nos ha separado, pero pienso a veces que hay formas de arreglar lo que se ha roto, que las grietas podrían ser futuras cicatrices y las distancias sólo un espejismo transitorio debido a la deshidratación y el sol del verano.
Aun sabiendo que desandar caminos ya borrados es complicado, propongo acciones que aplaquen esta desertización que instala abismos de dunas entre nosotros. Lo que me ocurre es lo de siempre, esa incomprensión y extrañeza, la búsqueda de respuestas y abrazos sinceros; lo que sucede es que comienzo a entender que no puedo guardar el océano en un cubo de plástico.
servido por srta desconocida
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8 Julio 2009
- En realidad no te quiero, pero me gustaría llegar a quererte. Despertar un día sintiéndote así, de esa misma forma en que se me agarran al pescuezo todas las emociones que son importantes, cortándome la respiración y provocando que todo el peso del mundo descanse sobre mis hombros. Quizás no el del planeta entero, pero sí el del tuyo particular; y que me obsesionen tus neuras y haga cosas a solas y sin que tú lo sepas, rutinas que no importen, pequeñas y pueriles, sólo porque sé que preferirías que así fuesen.
Me refiero a tonterías, a darle la vuelta a todos mis calcetines y después hacer pelotillas con cada par antes de meterlos en el cajón, o a poner machaconamente esa melodía de violines para quedarme dormido por las noches. Te quiero querer y me estoy esforzando para conseguirlo.
En algún punto del medio del nudo, tirando hacia el fondo a la izquierda de la resolución de esa historia que estoy tejiendo, va esto. Y no me disgusta del todo.
servido por srta desconocida
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5 Junio 2009
Entre esos límites temporales, ¿son nínfulas todas las niñas? No, desde luego. Tampoco es la belleza una piedra de toque; y la vulgaridad - o al menos lo que una comunidad determinada considera como tal- no daña forzosamente ciertas características misteriosas, la gracia letal, el evasivo, cambiante, anonadante, insidioso encanto mediante el cual la nínfula se distingue de esas contemporáneas suyas.
Lolita. Vladimir Nabokov
Su amor olía a gajos de mandarina. Con ese aroma pegajoso en los dedos que tantas veces la habían explorado en sueños y bajo la tela de aquella camisa que aún guardaba la forma de su cuerpo sobre el pecho, pasaba las horas muertas estudiando el color de las paredes.
Vivía de los instantes de cortejo de aquellos meses de invierno en que la observaba pasar por su lado sin siquiera mirarle. Apenas rozaba el suelo con sus pies y él se contentaba siguiendo las huellas que dejaba en la nieve, superponiendo las gigantescas botas a la memoria de sus delicados zapatitos marrones, fundiendo ambas en una sola. Ya en año nuevo, ocurrió lo impensable; posó en él sus pupilas azules provocando que se tambaleasen hasta los cimientos de los bancos del parque.
En los siguientes días llegaron las sonrisas, las miradas huidizas y ese hormigueo que precede a las grandes citas. Para abril ya había barrido el recuerdo de todas las anteriores. No era la primera, por supuesto, hubo otras ninfas; algunas que lo pusieron mucho más fácil, que parecían estar más dispuestas a dejarse descubrir y conquistar por él, pero ninguna era ella. No tenían ese brillo húmedo en el centro mismo del labio inferior, ni el encanto de su melena enredada en un desbarajuste rubio; quizás fuesen más perfectas en muchos sentidos, pero también menos puras.
Ella no, ella era nieve primavera, de esa caída en los últimos temporales de frío y hielo del invierno; tardía y deliciosa, frágil y etérea, de una pureza fuera de tiempo y lugar porque ya llega el sol, ya viene acechando el verano y los deshielos arrasarán con todo, convirtiendo la nieve en esa masa compacta y marrón, a dos pasos del barro y a un soplo de la depravación.
Y llegó el día, la oportunidad en forma de puerta abierta y caseta de mantenimiento apartada. No fue difícil, ella lo deseaba, alargó su mano y le siguió por el camino empedrado mientras devoraba la mandarina que le había ofrecido como regalo. Cohibida y pequeña, se dejó llevar hasta el interior como la niña obediente que siempre fue, permitiéndole despejar todas las interrogantes de su cuerpo de hada, ahogando él cada sollozo con su lengua taladradora, las manos firmes sobre los muslos para sujetarla, alzando la falda, bajando las bragas y haciéndola suya entre canciones de cuna susurradas . ¿Lloraba?, quizás lloraba, no lo sabía ni importaba demasiado, tan sólo existía su piel, su dulce olor, aquellas proporciones perfectas en un tamaño tan exiguo, las sonrosadas mejillas surcadas por lágrimas, preciosa y radiante en su desorden de mocos colgando y gotas de sangre en los calcetines. Había momentos en que parecía resistirse, pero aunque sabía que aquello podría ser demasiado, no se detuvo. Tenía que intentarlo, hacerlo, se lo pedía sin palabras, llegar hasta el final antes de que se hiciese tarde; debía probarla, enseñarle las reglas del amor y la física del deseo. Siempre quiso ser maestro y esto era lo más cerca que estaría nunca de dar una clase magistral, de las que no se olvidan jamás.
Forzó su boca tantas veces y de tantas formas que acabó por rompérsele el labio en un reguero carmesí nacido en la comisura, un daño que entonces a él le pareció horrendo, un sacrilegio que violentaba por completo su cara. Se enfadó con ella por ser tan quebradiza como para no soportar su amor, tan desagradecida que ni le miraba a la cara, tan puta como el resto, tan sucia e indigna como todas las que había confundido anteriormente con ninfas.
Hasta hacía unos minutos ella parecía ser nieve virgen en una ladera perfecta, impensable creerla madura para descender por ella pero imposible resistirse a la tentación de hacerlo. Ahora no, ahora era ese hielo que se acumula en los arcenes tras el paso del quitanieves: fea y ajada, corrupta y sin alma, tan desechable como todas las de su género, pequeñas o grandes, rubias o morenas; grotescas mujeres que siempre le despreciaban.
Como a todas, la metió en una bolsa y la bolsa a su vez en el contenedor de basura. Se había vuelto a equivocar, ella no era una ninfa: sangraba como el resto, se rompía, perdía la inocencia y al final lo abandonaba dejándole solo y con un inmundo cuerpecillo del que deshacerse entre mondas de color naranja.
servido por srta desconocida
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1 Junio 2009
Dos tramos de escaleras, a docena por tramo, hacen un total de veinticuatro escalones de distancia entre nosotros. Eso, por supuesto, sin contar el peldaño de la entrada en que tu madre plantaba la maceta del geranio blanco todos los años por estas fechas.
Algo que me fascinaba era eso de que tu puerta diese directamente a la cocina, sin un recibidor de por medio. Y allí, los vasos blancos con tropezones de colacao flotando y las galletas maría expuestas en un plato como si fuesen delicadas pastas danesas. La cena para los dos. Cogíamos en una mano el vaso y en la otra aprisionábamos una columna de galletas redondas. Después, corríamos de habitación en habitación, porque en esa casa no había un pasillo, y tras el salón, comedor y dormitorio principal, llegábamos al mar.
En realidad era una terraza ganada a las rocas de la costa, y desde ella, si evitabas mirar hacia abajo y olvidabas el olor a fritos de los chiringuitos de chipirones y gambas, sólo verías el Atlántico tragándose al Sol cada noche.
Comíamos los dos en silencio y sólo se oían los crujidos a ritmo de nuestras mandíbulas y el sorber de quien quiere aprovechar todos los grumos chocolateados, verdadero secreto del éxito del colacao. Hablábamos poco, quizás porque yo estaba demasiado ocupada asimilando el concepto de horizonte, cosa que para una niña de cinco años es tarea compleja.
A veces me hacías un gesto señalando a un par de gaviotas que se peleaban en vuelo o algún barco que volvía al muelle antes de tiempo y yo me quedaba con la boca entreabierta y los ojos entornados mirando a lo lejos, en busca de eso que tú me descubrías pero que no encontraba.
Lo mejor de ser nosotros entonces es que no veíamos lo mismo que el resto; lo malo, que no me daba cuenta de lo que andaba mal en ti y de porque los demás niños de la barriada del puerto no querían ser nuestros amigos. Después ya sí, pero eso fue en tu cumpleaños, cuando vi que soplabas 27 velas y pensé que quizá eras demasiado grande hasta para ser un chico.
servido por srta desconocida
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