La Coctelera

aprendiendo del mundo

Categoría: la casa de las dagas voladoras (mi familia)

31 Diciembre 2009

todavía (pequeño credo)

Es tiempo de acurrucarse bajo las mantas y explicarnos bajito qué tal nos ha ido el día, cómo se han portado las estaciones en este último asalto.

Podría contarlo de forma que te rieses sin parar, o quizás narrarte un cuento triste en que acabe despeinada y confusa sin entender lo que ocurre. Otra opción es callármelo todo, envolverlo en plástico de burbujas y regalarte el sobrante para que calmes así tu ansiedad. Ninguna de esas historias sería la verdad. Ni con miles de listas, inventarios o facturas se reflejaría todo lo que fue.

Para ser sincera, te hablaré de lo importante, de lo fundamental que he descubierto en este tiempo  en que he seguido tan alejada de ti.

Los días se me van mezclando, diluyendo, enredados, perdiéndose la mente entre las semanas, los meses y las fiestas de guardar hasta convertirse en un discurrir de minutos y horas sin sentido, igual que lo son los kilómetros de una autopista ya cien veces recorrida.

Quizás la adultez deba ser esto, un pasar sin pena ni gloria, un sentarse a ver los días y las gentes correr. Puede que hacerse grande consistiese en algo así, en relativizar y que nada fuera para tanto, que los extremismos se acaben y todo se modere hasta confundirse el blanco y el negro con las manchas pardas que anidaban en tus pupilas. 

Pero no te preocupes, yo aún soy tu niña, me visto de colores y jamás pienso más que en lo que dirías si me vieses. Solo eso. Me asomo a los precipicios con precaución pero me divierte lanzar piedras aunque no se las escuche llegar al fondo. Olvido casi siempre los paraguas en las esquinas y no me resisto a propagar una pandemia del optimismo irracional entre los que me rodean.

A veces tiemblo, no lo niego, a veces los abismos me asustan y pienso que es fácil despeñarse, que es posible el desastre y que quizás me estoy arriesgando innecesariamente exponiendo siempre el corazon a la intemperie.  No sé hacer las cosas de otro modo; no sé fingir orgasmos ni estornudar discretamente, no aprendí a dar las gracias por las heridas ni a dormirme en lo mejor de la película.

Ha pasado otro año y tú continuas siendo mi excusa para hacer resumen, para contarte al oído que he sido muy buena y me merezco lo que me regalen, que confío en el mañana y en la oscuridad, en la negrura de ese abismo en que te encuentras y desde el que me sostienes. Sonríes siempre, aunque yo como una estúpida me emocione viendo el resumen de la jornada de liga, aún hoy todavía.

 

PD: Feliz año nuevo!

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1 Agosto 2008

viejecito

En mi casa se ha cenado de toda la vida a las ocho y media. En caso de gran emergencia, quizá, podría ser que se retrasase hasta las nueve, pero siempre debido al paso de un ciclón, un terremoto devastador o, más probablemente, porque algún tipo de sorteo de bonoloto se retransmite en ese momento.
Ahora que es mayor, la lotería se ha convertido en una de las pasiones de mi abuelo. Puede pasar horas estudiando complicados algoritmos, anotando combinaciones, terminaciones, reintegros y números complementarios; todos ellos en una caligrafía inglesa impecable, rabilargos los nueves, esbeltos los ochos. Por las esquinas se nos aparecen jirones de sobres de telefónica y fenosa o extractos del banco repletos de columnas de dos, tres, cuatro dígitos, segundo y tercer premio así como la cifra afortunada en un garabato final.

Recuerdo desde siempre una gran caja de olores frondosos, cuya tapa rezaba "Montecristo", en la que se guardaron durante años unos papelillos mecanografiados del uno al cuarenta y nueve. Sólo salía del cajón de su despacho un día a la semana, cada martes, para permitirme a mí introducir la manita y sacar, uno a uno, los números que iba tachando en la papeleta anaranjada.
Aquella misma tarde nos íbamos a la administración, en un viaje que parecía interminable a bordo del 127 amarillo sahara, con sus fundas totalmente incongruentes, de cuadros de felpa en un coche matriculado en Melilla a mediados de los setenta. La palanca de cambios temblaba ya desde que se metía segunda, a unos buenos cuarenta por hora, y no dejaba de hacerlo hasta que por fin se echaba el freno de mano, ya aparcados frente a la puerta del despacho donde, el lotero, solía fumar sobre su silla plegable de camping.
Por más que yo le pedía, nunca me dejó pasar el boleto por la ranura que separaba, cristal blindado mediante, la administración de la calle. Era muy estricto mi abuelo, de formación militar y todo aquello de la vida castrense de la de antes, un hombre recto que no se dejaba ablandar por todas las triquiñuelas y ojitos de niña consentida que pudiese esbozar.

Ahora ya no es igual. A veces pide la cena a las siete, o monda una manzana a las ocho menos diez para merendar, ha perdido horarios y costumbres, dice mi abuela que por la edad. Es ya viejecito, así, con todas las letras y diminutivos, con manos vacilantes, cosas de crío y un par de perros malcriados como nunca a mí se me dejó. Cena su tazón de leche, su cucharada de nescafé "del rojo" y dos sacarinas, mojando galletas integrales libres de azúcar, sal y gluten, aunque, cuando no se le mira, aprovecha para asaltar una caja de campurrianas que compro yo, a sabiendas de que sisará casi todas.

Coge no más de tres cada vez. La primera la mete en leche hasta la mitad y engulle rápido, antes de que se rompa, mirando en todas direcciones, vigilando la llegada de mi abuela y todos sus reproches por las subidas de glucosa.
Después, se convierte en todo calma, quizá por el placer que le da la galleta, o más bien por el gusto que aún conserva por los pequeños rituales bien realizados. Sumerge las dos campurrianas restantes hasta mojarse la punta de los dedos y después, blandengues, las guarda en sus manos, levantándose con toda la agilidad que le queda.

Los perros esperan en el balcón, golpeándose sus colas contra los barrotes de aluminio, relamiéndose, anticipándose a su premio. Uno a cada lado, lamen sus manos, rebañando todo el dulce adherido en sus palmas hasta dejarle sólo un rastro de babas.
Igual que un niño pequeño, y como si de veras su travesura no fuese evidente, vuelve a la mesa, se limpia las manos a la servilleta y acaba el poso final de su tazón de leche con una sonrisa de satisfacción, de infantil triunfo frente a las reglas de los adultos.

Ya casi nunca le digo nada, a lo sumo humedezco una bayeta y la acerco a los lamparones grumosos que se deja en el pantalón, a las gotas de ese café sin café que resbalan hasta su camisa y así me convierto en su cómplice, borrando todas esas pequeñas pruebas que podrían delatarle.

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19 Mayo 2008

maría maravillas

Era una sombra negra en una terraza blanca, moviéndose al compás de un diapasón imaginario, tip tap, regando los geranios, tip tap, barriendo la escalera, tip tap, recitando coplillas, tip tap, espantando a los gatos de la casa, tip tap, cantando Lela al oído de cualquiera, tip tap.

Las tardes se le iban lentas, sentada en una silla de jardín y con el periódico tiñéndole las manos. Hacía el crucigrama completo sin gafas y, cuando se le atragantaba la tres vertical, se removía inquieta en la silla hasta que, sin mediar palabra, se tiraba un pedo y así caía en cuál era la respuesta adecuada.
Y entonces, el silencio se nos volvía denso, propio de todo niño bien educado y de esos mayores demasiado mayores como para cumplir con las estúpidas leyes de urbanidad y pedir disculpas por ello. Hasta que no podía más, y soltaba una de sus carcajadas ahogada en las cuerdas vocales, una risilla envuelta en flema y la naturalidad de quien se sabe por encima de todas las censuras posibles.

Aunque había perdido más hijos que dientes, sonreía sin descanso, exhibiendo aquel canino solitario en su boca llena de ausencias. En las manos ya no permanecía siquiera la marca delatora de una alianza perdida, ni rastro de los callos y dolores por el trabajo en el campo o unas cicatrices señalando el lugar por donde un día brotó la sangre.
Habían pasado varias décadas desde su última lágrima y sólo usaba el pañuelo cuando se le escapaba un poco del yogur de la merienda por la comisura. "Nada es para tanto", se cansaba de decir, con aquellos ojos de ratoncillo envueltos en pliegues y pliegues de un cutis irisado.

Su cuerpo de superviviente le pedía constante movimiento, y con aquel traqueteo se paseaba por la casa, tip tap, rondaba la terraza, tip tap, revolucionaba los grifos de baño, tip tap, paladeaba la compota de manzana, tip tap, se saltaba dos misterios del rosario, tip tap, escondía fresas maduras en el delantal, tip tap.

Y así, tip tap, paseniño (despacito), como ella decía, se fue apagando María Maravillas.

Sin hacer demasiado ruído, tip tap, sin dejar de tararear, tip tap.

Y ésta es la canción que solía repasar, ya fuese en alto o cuando simulaba rezar un padrenuestro para contentar a sus devotas hijas.
Hoy me he acordado, escuchándola, aunque ella la solía cantar cambiando la melodía, a mil revoluciones por minuto, o reordenando las estrofas a su gusto. Versiones, que le llaman...

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30 Octubre 2007

artículo de lujo

Venimos de mundos diferentes y por eso es difícil que consigas ponerte en mi piel. Los españoles siempre hacéis preguntas que para alguien como yo parecen estúpidas. Dudas de si quiero a tu tío, sobre si estamos enamorados o no, y no hay forma de que pueda hacerte entender que para mí hablar de amor es como hacerlo sobre el espíritu de los muertos.

Aquí os ocupáis de cosas poco importantes porque tenéis de todo y no sabéis el infierno en que puede convertirse la vida. Hablas de amor y de felicidad porque nunca te has visto obligada a sobrevivir a cualquier precio. Si lo hubieses hecho sabrías que todo eso que tanto aprecias es accesorio y que tiene poco que ver con lo realmente primordial.
La desesperación hace que reconsideres tus prioridades. Por ejemplo, yo no puedo ni podré nunca sentirme avergonzada por haber sido puta. Era necesario, así de simple. Aterricé en Madrid a los 24 años, con una familia que esperaba ayuda y dinero para salir de Nigeria y con sólo el número de teléfono de un compatriota. Había un sitio para mí en un bar a las afueras, en la carretera vieja de Vigo. Aquello, aunque no lo creas, supuso la salvación para mí porque dejé de estar sola e hice amigas entre mis compañeras.

Ahora te lo cuento y a ti te horroriza pensar que me vendía por dinero. En realidad sólo era un trabajo, un medio para un fin. Lo único que nos diferencia es la mentalidad. Las mujeres de aquí tenéis... proud, you know... orgullo, tú tienes orgullo. Yo sé que con eso no habría comprado la salida del país de mis hermanos, ni tampoco pagaría mis deudas. La dignidad es un lujo que te das, como las joyas o el maquillaje, pero que se abandona si es necesario.

Cuando ya llevaba dos años en esto, en el 98, conocí a M. Fue un buen cliente desde la primera noche, diferente en algunas cosas pequeñas. Los hombres cuando pagan se olvidan de ti, te conviertes en un objeto para su uso y placer. Se bajan los pantalones, se tiran en la cama y miran al techo esperando que hagas tu parte. Cuando acaban dejan el dinero, se visten y se van. Pocos dicen algo o se dirigen a ti, te ignoran como si fueses un animal.
Ni siquiera se da el nombre real. Inventas uno y te acostumbras a usarlo siempre. Llega un momento en que eres dos personas distintas: una, la puta complaciente con un nombre exótico como Lulú; la otra, una mujer normal que sólo trata de salir adelante.

Tu tío me hablaba, contaba chistes y cantaba al oído cosas que yo no entendía bien. No me trató como si fuese basura o como si por pagar yo dejase de ser persona. Esa fue la diferencia entre él y los otros. Y cuando me quedé embarazada, ¿sabes? no me preguntó si podría no ser el padre. Nunca dudó.

Me sacó de allí una madrugada y acabamos en Vigo, en la playa de Samil. Hacía casi cuatro años que yo no veía el mar y nos quedamos en la arena hasta que amaneció. Después me instaló en su casa y me presentó a toda la familia.

Tú preguntas si le amo y yo no estoy segura. Únicamente sé que, ahora, gracias a él me puedo permitir sentir algo, lo que sea. Ha puesto ese privilegio a mi alcance.

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23 Octubre 2007

Sosa cáustica

Cuando la última croqueta estaba completamente hecha, o hasta reventada, se retiraba la sartén del fuego. En una esquina de la cocina de butano se la dejaba enfriar mientras toda la familia se sentaba a la mesa.

Tras los flanes de vainilla y otros postres, yo iba en busca de la botella dorada. Armada con un colador metálico inserto en un embudo verde lima, preparaba el intrincado mecanismo. La sartén, entre tambaleos e inseguridades procedentes de unos brazos debiluchos aunque decididos, iba vertiendo su contenido, ya tamizado, en el envase de plástico.
Entonces se repetía la cantinela de siempre:
- no dejes que se vierta el poso final, está demasiado requemado.
- ya, ya sé...
Lo sabía de sobra, y tenía cuidado de que esa parte oscura y con vetas negruzcas nunca se filtrase y emborronase el perfecto tornasol lleno de burbujas perladas. Unas veces eran producto del aire embolsado, otras de agua que con ayuda de una pajita solía introducir sin que me viesen los mayores. Enroscaba al máximo aquel tapón rojo con logo en blanco y, tras recorrer con una bayeta las sinuosas curvas hasta dejarla lustrosa, la devolvía al armario, bajo el fregadero y tras el cubo de basura.

Un día, el menos pensado, ese envase se llenaba y ya no volvía a su lugar entre cacharros de cocina. Era el momento de llevársela a Aurora. Con la botella sujeta entre las rodillas, me pasaba el trayecto en coche con la nariz pegada a su superficie mirando como oscilaba a destiempo y plácidamente el líquido de su interior.

Al llegar, y mientras aparcaban, saltaba del coche y subía a grandes zancadas la rampa de gravilla hasta su casa. Normalmente gritando.
- hooolaa, hoooolllllaaaaa, hoolaaa tía Auroraaa....
- Hola, hola, tranquila nena, respira e deixa no banco o aceite.
Lo llamaba así, pero se refería a la que en tiempos fue una lápida familiar, losa de granito con inscripciones gastadas en que figuran algunos de mis tatarabuelos y en la que colocaba la botella, a la altura de la cruz y las tres letras que piden paz y descanso para los muertos.

Aurora entonces me besaba como sólo las mujeres de pueblo lo hacen, aprisionando mi cuerpo con el suyo, hasta sentir como su medalla de la "Virxe do Carmo" se incrustaba en mi esternón y me cubría las mejillas y la frente de su cálido aliento.

En un cobertizo anexo a la casa tenía lo que para mí constituía un pequeño laboratorio. Contaba con un infiernillo, cazuelas de aquellas marrones de proporciones descabelladas y un molde viejo para hacer bicas* de dos docenas de huevos.
Encendía el fuego y yo corría huerta arriba con un cubo de zinc hacia el pozo. Solía tener el pilón lleno de agua cristalina y, sumergiendo mi brazo hasta el codo llenaba el recipiente. Al volver la encontraba contando con los dedos, calculando proporciones y musitando cifras en gramos y centilitros.
Ajena al dilema matemático, seguía con mi tarea de aguadora hasta cubrir un tercio de una de aquellas ollas propias de caníbales que estaba al fuego. Después, en cuclillas, observaba la alquimia del proceso.
Una taza llena de un polvo blanquecino que parecía hervir por si solo al contacto con el agua reposaba a un palmo de mí, aunque tenía prohibido incluso mirarlo fijamente. Mientras, el aceite al baño maría emulaba a un barco camino del infierno.

Existían señales invisibles que anunciaban a Aurora que era momento de mezclar ambos componentes. Al terminar de hacerlo, me armaba con un batidor de varillas y removía y removía y removía hasta que me daban el alto con una palmada. Era hora de llenar el molde y pasar el rasero para igualar la mezcla resultante.
Sólo faltaba un ingrediente. Me lo susurraba al oído y yo corría en dirección al jardín, arrancaba un par de ramas y las deshojaba con las manos en mi camino de vuelta. Se espolvoreaban por encima y observábamos como se hundían todas las espigas violáceas de lavanda hasta depositarse en el fondo.

Después salíamos de allí, no quedaba más que dejar pasar el tiempo.

Ahora ya no atesoro aceite ni recuerdo exactamente como era su aroma, si había unas proporciones fijas o si se añadían ingredientes por pura intuición. Ni siquiera mi piel sabe ya lo cremosa que resultaba su espuma o lo fácilmente que se quebraban las pastillas al secarse.
Tan sólo mantengo una imagen nítida y sin fisuras: la de un paquete de jabones olorosos sobre aquella lápida, a la altura de la cruz, bajo las tres letras que ya sabéis, a modo de pago regular por mi colaboración.

*bica- especie de bizcocho casero típico gallego.

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26 Agosto 2007

Nido vacío

Rosa hoy no dormirá. Mañana puede que tampoco lo consiga. Ha pasado el día entre suspiros y ojeadas a su móvil en busca de una llamada que no llega. Ocupada y preocupada en decenas de tareas domésticas; en hornear bizcochos, limpiar la nevera y hasta solucionar los problemas de ventilación del extractor de humos.
Prepara una cafetera que pone al fuego sin agua en el depósito; la jarra de leche que calienta en el microondas se desborda y el fondo del plato giratorio se ve inundado. Repite ambas operaciones sin prestar más atención de la necesaria para las tareas rutinarias y sin importancia.
Se sienta a la mesa con una taza humeante entre las manos. Ha dejado de tomar cafeína porque dice que está nerviosa; mientras juguetea con la bolsita de menta poleo remojada en agua caliente, mira al infinito y piensa en Berto.
Con el borboteo del café se levanta en silencio.
Sirve las tazas sin preguntar cuando parar y coloca un azucarero vacío en la mesa. No hay una sola cucharilla a la vista y, cuando las pone, resultan ser las de postre, monstruosamente grandes para sus pocillos de porcelana blanca.

La conversación le es ajena. Está lejos, en algún coche sin aire acondicionado que viaja a través de la península con las ventanillas bajadas. Se encuentra revisando una lista mental de enseres: cepillos de dientes, maquinillas de afeitar, toallas de rizo, pijamas de franela y píldoras contra la migraña.

Empeñada en memorizar sus cinco cifras, esas con las que marcó sus calcetines en la planta, las camisetas en los bajos y todos los calzoncillos en la cintura. El dichoso número que a partir de mañana se convertirá en nombre e identidad para quien ella llamaba "su niño".

Suena el teléfono. Se abalanza sobre él.
- sí?
- ...
- todo bien... ¿qué tal el viaje?
- ...
- mejor así, ahora descansa y come algo.
- ...
- acuéstate pronto, y mañana llegad temprano a la academia, antes de la hora. Sí quieres te llamo a las siete para despertarte...
- ...
- ya sé, sé que eres mayor, que sabrás arreglarte.
- ...
- llama cuando quieras, mañana, o dentro de un rato, o...
- ...
- Está bien, hasta mañana. Bicos, Berto... y... hijo, cuídate mucho.

Ensimismada, se vuelve a sentar.

Cuando una madre no puede hacer nada más, sólo le queda preocuparse.

Tags: familia, vida, hijos

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19 Agosto 2007

Redención*

Desde ayer tienes adherida a la piel esa mezcla de incienso, humedad y palomas, ese aire áspero del interior de la iglesia. De fondo las eternas campanas, tañendo en un idioma casi olvidado: una tanda solemne si es hombre, dos si es mujer, silencio de diez minutos y de nuevo vuelta a empezar.
Te sientas junto a la puerta lateral, a media altura; ni tan lejos que no parezcas de la familia, ni tan cerca que alguien piense que te duele su pérdida. Con cierto respeto, el que merecen los muertos; con el suficiente desdén, el que merecen los mezquinos miserables.
Todo acaba para él de un modo frío y mecánico una tarde de agosto, con el sol asomado al portón principal de la ermita. Y nadie llorará, nadie tendrá piedad, tanta o tan poca como tuvo él en vida.
Murmuro un "hasta nunca" tras mis gafas negras cuando pasa el féretro lustroso por mi lado. Alguien me da un centro con una banda de inscripción hipócrita "de tus sobrinos que te quieren". Que fácil mienten las letras autoadhesivas, que sencillo es hablar de cariño cuando alguien ha muerto.

El cementerio está cercano, sólo hay que cruzar una carretera comarcal para llegar a él, apenas unos veinte metros de asfalto y gravilla.
El cementerio, sin embargo, se ve lejano; a varios años luz, suspendido en el tiempo y espacio, envuelto en su atmósfera cargada de flores marchitas y putrefactas en memoria de aquellos que aguardan bajo sus losas cubiertas de musgo a que sus allegados les visiten.

Allí siempre corre una brisa que descoloca tu pelo, siempre el silencio respetuoso; siempre las manos en busca de algo que hacer, de flores que retocar, hojas que barrer o velas que encender. Así se evita pensar, se llenan los minutos de combinaciones de gladiolos y lilium, de rosas mustias y paniculatas utilizadas de relleno.
Y cuando todo está hecho, cuando se ha sellado ya el nicho y hueles la silicona desde varios metros, te queda el rezar, soltar alguna oración.
Repites fórmulas que ni siquiera asimilas, con las que te sorprendes en un "vuelve a nosotros esos tus ojos, miseridordiosos" sin ser consciente siquiera de si eso es una salve o un avemaría. Luego caes en la cuenta; salve.

Harían falta varios cientos de plegarias más para comenzar a salvar su alma del purgatorio; por eso te contentas con amontonar las coronas y depositar algún cirio que lo vele esa primera noche.
Esbozas después una cruz en tu frente, otra sobre tus labios y una última sobre el pecho; no tanto por él como por ti, como si así borrases sus faltas de tu mente y los descalificativos de tus palabras; como si expulsases el rencor de tu interior.
Quizá sea ésto una reconciliación, o un comienzo.

* repito título, en que andaré pensando....

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9 Agosto 2007

cine de verano

En mi casa siempre fue llamado tomavistas, aparatejo ruidoso de super 8, tandem perfecto junto con el proyector, para los empeñados en captar recuerdos en movimiento durante los primeros años ochenta.
Ahora dormitan olvidados en un baúl, ambos metidos en sus cajas originales, perfectamente conservados y obsoletos. Cacharros para románticos, para personas de pulso firme y movimientos pausados. Reliquias que hacen aflorar cientos de escenas en tonos desvaídos.

Recuerdo las grabaciones por cualquier causa tonta; saludando sin cesar, sonriendo y en silencio, porque casi siempre se grababa sin el micrófono acoplado, lo que obligaba a gesticular y sobreactuar para compensar el déficit.
Después se enviaban a revelar los cartuchos, a la casa agfa a Madrid, dirección mítica y legendaria; más que nada por lo que tardaban en remitir los trabajos. Veinticinco días de espera, de mirar el buzón cada diez minutos y asaltar al cartero cada vez que se le veía aparecer por el camino de tierra. Hasta que un día llegaba, normalmente con un programa doble que incluía la grabación casera y un film clásico.

Las tardes de sábado se aguardaban con ansia, con deseos atropellados por vivir aquellas sesiones de noche, de cine al aire libre con una sábana vieja extendida sobre la pared de la casa y un montón de personas sembrando el césped. Padres, suegros, tíos, primos, hijos, nietos, novios, vecinos, hermanos y amigos formando una audiencia fiel y entregada.
Mi abuelo era quien sabía manejarlo todo. Era el proyeccionista. Los niños hacíamos palomitas y nos sentabamos justo delante de la mesa donde se colocaba el aparato, en rigurosa primera fila.
Primero encendía la lámpara, para comprobar que estaba bien centrada con respecto a la pantalla. Era entonces el momento de nuestras sombras chinescas, de los eternos perros, palomas, patos y demás fauna elaborada a base de dedos y manos superpuestas.
Mientras tanto, el rollo repleto de fotogramas diminutos se iba trasvasando, con aquel ruido especial del celuloide en movimiento, hacia la otra bobina; enrollándose y deslizándose hasta llegar a su tope.

Carraspeaba entonces él, el capitán; y todos callábamos: la sesión empezaba. Películas mudas, casi todas comedias y hasta algún tipo de documental de naturaleza. Matrimonios que se buscaban con una sonrisa mientras Charlot se zampaba una bota; risas que estallaban al tiempo que Stan destrozaba con una escalera de mano bien manejada el andamio en que Oliver se encontraba subido; y hasta niñas que temblaban tras un seto haciendo pis, al entrever a Nosferatu deseoso de saltar desde la ficción en busca de sangre fresca.

Después llegaba el fin, un instante para la magia; un estracto que siempre se proyectaba al acabar, que nos dejaba maravillados y con la boca abierta. Hacía que mientras los adultos recogían, los niños nos tumbásemos mirando al cielo estrellado, buscando la Luna y soñando con rozarla, con tenerla tan cerca como aquella sábana amarillenta que usábamos como pantalla.

La proyección final era más o menos ésto (algo más nítido):

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por ahora poco más que un rompecabezas en proceso de construcción y reconstrucción continua. Aún no he escogido mi decoración definitiva... en fase de pruebas estoy PD: se agradecen los comentarios, asi que ya sabeis...

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