Malgasto el día pensando en una goma de borrar. Una de las blancas de milán que, sin demasiado esfuerzo, ha eliminado todo lo que hasta ahora había ocurrido en mi página. Palidecen y se diluyen los párrafos ajenos, se arrugan las miradas y entre virutas grises alejo de mí todas las escenas pasadas.
Simplemente las ha eliminado ese pedacito blanco, este trozo menguante que me irá dejando por culpa del propio uso, por el desgaste diario al que se somete y porque en el fondo todos sabemos que estas cosas no se inventaron para durar eternamente.
El objetivo es hacer girar un aro, con movimientos ondulantes y rítmicos, a la altura de la cintura.
Para ello lo primero es anclar firmemente los pies al suelo y colocarse en el interior del juguete sosteniéndolo con ambas manos a la altura indicada. Debe entonces soltarse el hula hoop al tiempo que se impulsa en una dirección, mientras el jugador mueve su cuerpo en el sentido contrario, tratando de contrarrestar la gravedad y buscando la horizontalidad del mismo.
Cuanto más rítmico, armónico y suave sea el movimiento, más se perpetuará el ejercicio de equilibrismo.
Instrucciones para hacer girar un hula-hoop.
Y después leo:
Uno de los primeros tratamientos propuestos contra la histeria femenina fue ideado por el mismo Hipócrates al incluir para dichas pacientes tablas de ejercicios que sirviesen para "asentar" el útero en el organismo, entre las que se encontraban el uso y "baile" del aro, hecho a base de una flexible rama de parra la cual se trenzaba y enroscaba sobre si misma hasta cerrar una circunferencia suficientemente amplia.
Una historia de la enfermedad mental. VV AA.
Y ya que estoy, un video alusivo y friki a más no poder, ¡qué mal me sienta el verano!
- A ver, vamos a valorar su candidatura. Lo primero, ha hecho uno de los mejores psicotécnicos del grupo, realmente bueno. Después, el supuesto práctico, para no tener experiencia como gestor de empresa, se le ve orientado hacia los trabajadores y las personas, lo cual le hace preocuparse por la gestión humana antes que por la administración pura y dura. Bien, dicho esto, queda descartada del proceso selectivo.
- Vale, perfecto.
Si lo llego a saber le comento algo sobre eso de su "hospital-escuela" para huérfanos en Kenia. O sobre sus ingresos netos al año y su política de "salvamos vidas" y lo primero es el "avance humano".
Lo que hay que oír a veces de las grandes multinacionales...
- De repente todo cuadra. A ver, antes eran un montón de pequeñas cosas, que dormía poco y después andaba arrastrada el resto del día, que sí engordaba unos kilos y me decía que era por tanto estar sentada y comer lo que no debo cuando no debo. No sé, para cada pequeña cosa tenía que buscarme una explicación.
- Pero ¿tú te encuentras realmente mal?
- No, son molestias, es como mis fases de "que-asco-de-vida", que siempre decía: estoy premenstrual, es que yo soy de llorar por nada, es que la astenia de la primavera me mata, es que soy vaga y no consigo ponerme a hacer nada, es que, es que...
- Ya, creo que voy entendiendo, pero espera a ver que dice el médico, ¿no?
- Sí, claro que espero, yo no tengo ni idea de intervalos clínicos; sólo es que de repente veo algo que podría servirme para todo, y ya lo dice la ciencia; la explicación más sencilla y potente es la que debe ser adoptada.
- El principio de parsimonia.
- Exacto, y según eso mi TSH lo justificaría todo.
Entre esos límites temporales, ¿son nínfulas todas las niñas? No, desde luego. Tampoco es la belleza una piedra de toque; y la vulgaridad - o al menos lo que una comunidad determinada considera como tal- no daña forzosamente ciertas características misteriosas, la gracia letal, el evasivo, cambiante, anonadante, insidioso encanto mediante el cual la nínfula se distingue de esas contemporáneas suyas.
Lolita. Vladimir Nabokov
Su amor olía a gajos de mandarina. Con ese aroma pegajoso en los dedos que tantas veces la habían explorado en sueños y bajo la tela de aquella camisa que aún guardaba la forma de su cuerpo sobre el pecho, pasaba las horas muertas estudiando el color de las paredes.
Vivía de los instantes de cortejo de aquellos meses de invierno en que la observaba pasar por su lado sin siquiera mirarle. Apenas rozaba el suelo con sus pies y él se contentaba siguiendo las huellas que dejaba en la nieve, superponiendo las gigantescas botas a la memoria de sus delicados zapatitos marrones, fundiendo ambas en una sola. Ya en año nuevo, ocurrió lo impensable; posó en él sus pupilas azules provocando que se tambaleasen hasta los cimientos de los bancos del parque.
En los siguientes días llegaron las sonrisas, las miradas huidizas y ese hormigueo que precede a las grandes citas. Para abril ya había barrido el recuerdo de todas las anteriores. No era la primera, por supuesto, hubo otras ninfas; algunas que lo pusieron mucho más fácil, que parecían estar más dispuestas a dejarse descubrir y conquistar por él, pero ninguna era ella. No tenían ese brillo húmedo en el centro mismo del labio inferior, ni el encanto de su melena enredada en un desbarajuste rubio; quizás fuesen más perfectas en muchos sentidos, pero también menos puras.
Ella no, ella era nieve primavera, de esa caída en los últimos temporales de frío y hielo del invierno; tardía y deliciosa, frágil y etérea, de una pureza fuera de tiempo y lugar porque ya llega el sol, ya viene acechando el verano y los deshielos arrasarán con todo, convirtiendo la nieve en esa masa compacta y marrón, a dos pasos del barro y a un soplo de la depravación.
Y llegó el día, la oportunidad en forma de puerta abierta y caseta de mantenimiento apartada. No fue difícil, ella lo deseaba, alargó su mano y le siguió por el camino empedrado mientras devoraba la mandarina que le había ofrecido como regalo. Cohibida y pequeña, se dejó llevar hasta el interior como la niña obediente que siempre fue, permitiéndole despejar todas las interrogantes de su cuerpo de hada, ahogando él cada sollozo con su lengua taladradora, las manos firmes sobre los muslos para sujetarla, alzando la falda, bajando las bragas y haciéndola suya entre canciones de cuna susurradas . ¿Lloraba?, quizás lloraba, no lo sabía ni importaba demasiado, tan sólo existía su piel, su dulce olor, aquellas proporciones perfectas en un tamaño tan exiguo, las sonrosadas mejillas surcadas por lágrimas, preciosa y radiante en su desorden de mocos colgando y gotas de sangre en los calcetines. Había momentos en que parecía resistirse, pero aunque sabía que aquello podría ser demasiado, no se detuvo. Tenía que intentarlo, hacerlo, se lo pedía sin palabras, llegar hasta el final antes de que se hiciese tarde; debía probarla, enseñarle las reglas del amor y la física del deseo. Siempre quiso ser maestro y esto era lo más cerca que estaría nunca de dar una clase magistral, de las que no se olvidan jamás.
Forzó su boca tantas veces y de tantas formas que acabó por rompérsele el labio en un reguero carmesí nacido en la comisura, un daño que entonces a él le pareció horrendo, un sacrilegio que violentaba por completo su cara. Se enfadó con ella por ser tan quebradiza como para no soportar su amor, tan desagradecida que ni le miraba a la cara, tan puta como el resto, tan sucia e indigna como todas las que había confundido anteriormente con ninfas.
Hasta hacía unos minutos ella parecía ser nieve virgen en una ladera perfecta, impensable creerla madura para descender por ella pero imposible resistirse a la tentación de hacerlo. Ahora no, ahora era ese hielo que se acumula en los arcenes tras el paso del quitanieves: fea y ajada, corrupta y sin alma, tan desechable como todas las de su género, pequeñas o grandes, rubias o morenas; grotescas mujeres que siempre le despreciaban.
Como a todas, la metió en una bolsa y la bolsa a su vez en el contenedor de basura. Se había vuelto a equivocar, ella no era una ninfa: sangraba como el resto, se rompía, perdía la inocencia y al final lo abandonaba dejándole solo y con un inmundo cuerpecillo del que deshacerse entre mondas de color naranja.
Dos tramos de escaleras, a docena por tramo, hacen un total de veinticuatro escalones de distancia entre nosotros. Eso, por supuesto, sin contar el peldaño de la entrada en que tu madre plantaba la maceta del geranio blanco todos los años por estas fechas.
Algo que me fascinaba era eso de que tu puerta diese directamente a la cocina, sin un recibidor de por medio. Y allí, los vasos blancos con tropezones de colacao flotando y las galletas maría expuestas en un plato como si fuesen delicadas pastas danesas. La cena para los dos. Cogíamos en una mano el vaso y en la otra aprisionábamos una columna de galletas redondas. Después, corríamos de habitación en habitación, porque en esa casa no había un pasillo, y tras el salón, comedor y dormitorio principal, llegábamos al mar.
En realidad era una terraza ganada a las rocas de la costa, y desde ella, si evitabas mirar hacia abajo y olvidabas el olor a fritos de los chiringuitos de chipirones y gambas, sólo verías el Atlántico tragándose al Sol cada noche.
Comíamos los dos en silencio y sólo se oían los crujidos a ritmo de nuestras mandíbulas y el sorber de quien quiere aprovechar todos los grumos chocolateados, verdadero secreto del éxito del colacao. Hablábamos poco, quizás porque yo estaba demasiado ocupada asimilando el concepto de horizonte, cosa que para una niña de cinco años es tarea compleja.
A veces me hacías un gesto señalando a un par de gaviotas que se peleaban en vuelo o algún barco que volvía al muelle antes de tiempo y yo me quedaba con la boca entreabierta y los ojos entornados mirando a lo lejos, en busca de eso que tú me descubrías pero que no encontraba.
Lo mejor de ser nosotros entonces es que no veíamos lo mismo que el resto; lo malo, que no me daba cuenta de lo que andaba mal en ti y de porque los demás niños de la barriada del puerto no querían ser nuestros amigos. Después ya sí, pero eso fue en tu cumpleaños, cuando vi que soplabas 27 velas y pensé que quizá eras demasiado grande hasta para ser un chico.
Tengo frío. Mis dedos helados y torpes no me permiten hacer casi nada por las mañanas. Estoy harta de estas piernas depiladas que sólo visten calcetines de lana y de todas las dietas hipocalóricas que desaconsejan endulzarse el desayuno pero me obligan a amargarme las meriendas. Todas menos una, esa prometida en la que deberías aparecer tú para invitarme a un festival de risas y deseos, tú que no vienes por ningún sitio, sol solecito, que te escondes y me mareas haciéndome girar, retorcida y doblada en mil direcciones a la vez para poder llegar a aquel punto inexistente en el cual, con suerte, quizás, te apiadarás y me regalarás tu calor por un instante. Sólo uno.
Mientras, me pierdo en la nevera de este congelador que es mi alma, y me lo recorro descalza y sin medias, paseando por entre las bandejas de poliespán que conservan mis carnes fileteadas, sin encontrar la dichosa bombilla que dé luz a este cementerio de yogures de sabores caducados.
Tropiezo con la escarcha formada por nuestro uso irresponsable, por tanto abrir para después cerrar sin razón coherente, y acabo sorteando los chorretones de grasa formados por la falta de previsión de quien no descongela nunca el frigorífico antes de irse de vacaciones, aunque sepa que no cuesta nada darle a un interruptor y dejar un limón reseco y una botella de agua en la puerta.
No sé si lo he dicho ya, pero tengo frío, y aunque puede que alguien al verme tiritar de este modo se me acerque con una manta, la ventisca polar de esta nevera no se detendrá nunca. No hasta que el servicio técnico encuentre el modo de regular el termostato.
Te lo hiciste por alguna estúpida apuesta una noche de mediados de los noventa, en un garito abierto en aquella calle que olía a pescado y orina cerca del puerto. Todo tan tópico como suena, pero en tu delirio ni te diste cuenta de la ironía de aquello, marinero que sufría vértigos hasta viendo las olas ir y venir abofeteando los guijarros de la playa.
Con el paso de los años, con el sinfín de picadas, el dibujo se fue diluyendo, perdiendo definición y engrosándose las líneas como si se hubiera hecho con un rotulador infantil. Claro que los antebrazos no son fáciles de esconder, y a poco que te remangases asomaba su lengua viperina o una pata retorcida y escamada. Era de ese tipo de tatuajes que no puedes dejar de mirar a pesar de ser horribles y estar decididamente mal hechos, planos y toscos, sin el menor atisbo de arte por ningún lado. Era como un reflejo de ti mismo, quizás un tanto vulgar, pero con el poder de atracción que tiene el fuego para una polilla.
Sabías jugar tus cartas. Eras descarado sin pasarte, un embustero elegante, encantador con aquella mueca que utilizabas como sonrisa, acercándote cuando era innecesario y acercándote aún más cuando parecía imposible robar un milímetro extra al espacio entre ambos. Crecías a medida que hablábamos, absorbías mi energía y me hacías pequeña hasta dejarme reducida a una niña de ojos grandes y aliento entrecortado. La excitación producto del miedo se parece mucho a esa otra sexual, y a eso jugabas tú sin esforzarte demasiado. Me intimidabas desde tu metro noventa queriendo provocar ese otro estado de agitación interna, haciendo que dudase a veces de mí y que no supiese si mantener mis decisiones o dejarme ir tras de tus deseos. A diario me preguntaba si todo era un juego o si al atravesar a solas el paso subterráneo me destrozarías con las manos o me besarías hasta quemarme por dentro.
Así más de un año, aferrándonos a las convenciones, a los protocolos de actuación dictados por la organización para la fría relación educador-usuario. Sólo una vez nos los saltamos, un miércoles, en aquel bus de vuelta al centro. Tan lleno de gente estaba, tan mal creí que te encontrabas, que busqué tu mano con la yema de mis dedos. Pude oír tu suspiro al sentir el roce inicial de nuestras palmas. Apenas un respingo y ya te dejaste ir. Le das la mano y se coge... que diría el refrán, y todo y más te tomaste esa mañana en aquel trayecto. Al llegar a la parada de la Alameda nos bajamos como si nada pasase. Tú comenzabas la fase de internamiento el lunes y yo dejé pronto el trabajo porque los exámenes finales se acercaban peligrosamente.
Pasaron los años, y puede que borrases todo gracias a ese caballo salvaje al que te has empeñado en intentar domar. Aún así, no hace tanto nos volvimos a cruzar, de nuevo estabas tocando fondo y pidiendo en las calles. Poco quedaba por consumirse de ti, sólo aquel dragón ruinoso en el antebrazo, un borrón más que dibujo, atrayendo mi mirada y mis manos como siempre, aunque esta vez fuera para darte algo que pagase tu siguiente vuelo.
por ahora poco más que un rompecabezas en proceso de construcción y reconstrucción continua. Aún no he escogido mi decoración definitiva... en fase de pruebas estoy PD: se agradecen los comentarios, asi que ya sabeis...